«Borges: Novelista virtual» de Miguel Gutiérrez


Escribe: Horacio Hidalgo Ledesma


Para quienes hemos sido testigos de cómo el internet y sus tecnologías asociadas han transformado radicalmente el modo en que interactuamos con el mundo, la palabra virtual de inmediato nos sugiere la idea de aquello que parece real pero que no lo es, un artificio compuesto de imágenes y movimiento donde podemos percibir, con un mínimo de imaginación, los presuntos atributos de lo que se busca emular o representar. En Borges: novelista virtual, el ensayista y novelista Miguel Gutiérrez analiza la obra de Jorge Luis Borges bajo una premisa que excluye cualquier guiño a la jerga informática, y toma el término en un sentido mucho más abarcador; en el sentido de lo potencial, de lo que no fue pero que pudo haber sido. De ahí que la hipótesis central de su ensayo sea de que Borges, que nunca escribió novelas, influyó enormemente en el desarrollo del género novelístico.


Borges: Novelista virtual, de Miguel Gutiérrez (J.M. Marthans, 2025)


Pero ¿fue Borges de verdad un novelista en potencia? A Gutiérrez no se le escapa el carácter arriesgado de este postulado, tanto más si tomamos en cuenta la aversión, y hasta el desprecio, que el gran escritor argentino parecía sentir hacia el género. A tal efecto, en una primera parte del ensayo, Gutiérrez plantea una breve revisión de los argumentos con que algunos especialistas han intentado dar con el fundamento de esta ojeriza; las ideas de Paul Valéry, Edgar Allan Poe y Macedonio Fernández habrían influido en todo aquello que Borges consideraba un defecto en la novela. Aunque este particular rechazo igualara también al de surrealistas como André Breton, el desprecio de estos por la construcción de una historia y su composición, en contraste con el cuidado tan estricto que Borges imponía a sus textos, dan la clave para una posterior y exhaustiva revisión sobre los verdaderos motivos —acaso más personales y por lo tanto más oscuros— que explicarían por qué el maestro argentino jamás encaró un proyecto literario de largo aliento.

Gutiérrez aborda esta pesquisa descartando que Borges hubiera aborrecido el género novelístico en su totalidad; sus reparos parecen más bien apuntar a un tipo de novela determinado, «una novela realista que presupone un realismo inmediato, banal». No hay controversias, en todo caso, sobre el género por el que Borges sentía una gran estimación: la epopeya. Estas historias, por las que transitan héroes y gestas desmesuradas que convocan lo legendario y muchas veces también lo sobrenatural, podrían haber sido el ámbito en el que Borges tal vez habría hecho a un lado sus reservas para trascender hacia formatos más extensos; pero al no poder escribirlas sin riesgo de caer en el anacronismo, satisfizo esta predilección empleando la ironía y el pastiche con el objeto de construir una narrativa donde la Historia —«el terreno natural donde tienen lugar las epopeyas»—juega un papel fundamental en su mundo ficcional; por tanto, el anhelo de escribir epopeyas y no poder hacerlo representa el dilema sobre el que parecen asentarse sus esfuerzos narrativos, una contradicción que habría determinado, entre otras cosas, que se desarrollara en el terreno del cuento, el ensayo y la poesía, y hubiese descartado la novela como una opción a tomar en cuenta. Tanto más, plantea Gutiérrez, porque Borges era un aristócrata, sus antepasados habían peleado en las guerras de independencia, y por valores y cultura debía sentirse ajeno a una forma literaria que consideraba burguesa y en consecuencia vulgar y degradada.  

Sobre la influencia que Borges ejerció en los escritores latinoamericanos de la generación siguiente, Gutiérrez sostiene que sus cuentos y ensayos —sobre todo El arte narrativo y la magia— prepararon el terreno para lo que luego se daría en llamar lo real maravilloso o realismo mágico, un movimiento predominantemente literario que sería plasmado en novelas emblemáticas del famoso boom latinoamericano; y aunque no parece haber unanimidad sobre tal influencia, sí la hay respecto al magisterio que Borges ejerció en materia de estilo narrativo: la economía y precisión de su lenguaje fueron tales que muchos escritores han reconocido haber aprendido a escribir gracias a sus cuentos. Cumplió además un rol muy significativo como divulgador de la obra de prominentes novelistas —él, que renegaba de la novela— entre los que figuran Franz Kafka y William Faulkner, el último de los cuales es considerado, por su empleo de técnicas narrativas que fueron determinantes en la renovación del género, uno de los principales referentes de los escritores del boom.

Estas consideraciones refuerzan el afán de Gutiérrez por buscar otras posibles respuestas a la pregunta de por qué Jorge Luis Borges nunca escribió novelas. En ese camino llega hasta el crítico George Steiner, quien al examinar el trabajo del escritor argentino detectó la existencia de «serias lagunas» en su obra, una de las cuales —bastante evidente, por cierto— consiste en la ausencia casi absoluta de las mujeres. Cuando participan del desarrollo de la historia, aunque sea marginalmente, se las retrata como «inalcanzables, frías y despiadadas con los hombres que las aman» o «como botín o recompensa del guerrero»; y si sumamos a esto que incluso los personajes masculinos, amos y señores del mundo borgeano, carecen asimismo de matices y profundidad psicológica, nos vemos con que Borges podía tener una predisposición muy positiva hacia los aspectos más cerebrales del arte de novelar, sus engranajes y construcción, y al mismo tiempo mantener una muy íntima indisposición hacia aspectos que son también esenciales, como la presencia femenina, su corporeidad, la complejidad de las relaciones entre hombres y mujeres.  

A despecho de estas limitaciones, la originalidad de Borges es un atributo de su obra que rara vez se pone en entredicho. Gutiérrez reconoce que una de sus más descollantes invenciones —si no la más— habría implicado una especie de fingimiento: hacer del narrador de sus cuentos un comentarista de novelas escritas por otros, libros hipotéticos que se avoca a describir y diseccionar y que probablemente habría deseado escribir él mismo. Como parte de esta simulación, plasmada en la forma de un análisis crítico y descriptivo de novelas que no existen, Borges emplea el procedimiento de citar a otros autores y a otros libros, bien sean reales o imaginarios, lo cual surte el efecto de multiplicar el universo narrativo planteado en sus cuentos. Ejemplos hay muchos; Gutiérrez pone la lupa sobre «El acercamiento a Almotásim» y «El jardín de los senderos que se bifurcan», que espulga en sus aspectos técnicos más relevantes. Entre ellos resalta el uso del laberinto como recurso para evocar la idea de un universo caótico y complejo, plagado de ramificaciones. «El jardín» es una muestra muy clara, pero también «La biblioteca de Babel», «La muerte y la brújula», «La casa de Asterión», «El inmortal». En cuanto a la invención de novelistas imaginarios, uno de ellos, Herbert Quain, parece guardar un parecido muy estrecho con el Borges que reflexionaba sobre de sus propias creaciones; pues, como señala el narrador del cuento «Examen de la obra de Herbert Quain», este «Percibía con toda lucidez la condición experimental de sus libros: admirables, tal vez por lo novedoso y por cierta lacónica probidad, pero no por las virtudes de la pasión».

Con gran acierto, Gutiérrez no se queda en el plano de la especulación cuando refiere la influencia de Borges en el desarrollo de la novela contemporánea, y pone ejemplos claros y notables sobre cómo los temas borgeanos, los planteamientos de las novelas imaginarias que reseñaba en sus cuentos, sirvieron de inspiración para escritores como Italo Calvino, Umberto Eco y Julio Cortázar. Si una noche de invierno un viajero, de Calvino, podría pasar por un esfuerzo de llevar a la escritura una de las obras imaginarias del también imaginario Herbert Quain. Es, por cierto, una novela que tiene comienzos pero no finales, una empresa literaria llevada a cabo por diez supuestos escritores sobre diez historias diferentes, de temáticas igualmente diferentes y ninguna conclusión a la vista más que el placer de la lectura; lo que a su vez demanda la participación activa de un lector cómplice y curioso. Incuestionable también es el uso que Umberto Eco hace de los tópicos borgeanos en El nombre de la rosa: un asesinato en una abadía medieval, las investigaciones que tienen lugar para dar con el autor del crimen y echar un poco de luz sobre sus motivaciones, una biblioteca dispuesta en la forma de un laberinto y un monje ciego custodiándola y cuyo nombre es Jorge de Burgos —es decir Jorge Luis Borges—; todo ello, qué duda cabe, nos remite sin mayor disimulo a un escritor y a una obra. Otro ejemplo muy patente se puede encontrar en Rayuela, un libro que al mismo tiempo puede verse como una adhesión y una disensión a los planteamientos de Borges sobre el arte de la novela; porque en ella se encuentran los laberintos borgeanos expresados en una estructura narrativa que, si seguimos el tablero de instrucciones propuesto por Cortázar, nos ofrece una historia que no tiene final y se remite a sí misma, infinitamente, y que se vale de la complicidad del lector como ingrediente crucial; y porque a su vez no cuenta con una intriga y acciones concretas que cumplan un papel cohesionador, lo que resulta en una obra de aspecto descoyuntado y diluido en comparación a la propuesta borgeana donde las peripecias y la rigurosa construcción se erigen como elementos indispensables.      

El escritor y ensayista peruano Miguel Gutiérrez.

En este punto de su análisis, Gutiérrez se permite una reflexión sobre el impacto positivo que la obra de Borges tuvo en él cuando siendo todavía un joven universitario leyó por primera vez sus cuentos; y aunque ese placer encontró vías para renovarse algún tiempo después, Gutiérrez reconoce que durante varios años dejó de leer al célebre escritor. Sus razones apuntan no tanto a objeciones técnicas sino a prejuicios contra los intelectuales peruanos que lo ensalzaban, jóvenes como Luis Loayza que «ejercían una elegante, una irónica dictadura en cuanto a gustos literarios a través de la prensa cultural de la época». Otra causa de aquel distanciamiento fueron las posturas políticas de Borges, tan absolutamente contrarias a las ideas que Gutiérrez defendía; nada de esto es óbice, sin embargo, para que el ensayista deje de considerarlo entre los pocos escritores latinoamericanos cuyas obras han pasado con enorme éxito la prueba del tiempo.

Borges: novelista virtual es por sí mismo un deleite para todos los que valoramos la prosa elegante y claridad de análisis que despliega Gutiérrez en cada uno de sus ensayos; pero es, por encima de sus aspectos formales, un reconocimiento a la obra de un escritor de talla universal, un homenaje a su calidad y vigencia y el testimonio del intelectual que no solo le ofrece sus respetos a través de este magnífico trabajo, sino del creador que se siente tributario de una obra. Imprescindible como guía para quienes no han leído a Borges y desean empezar a conocerlo, y aun para aquellos que le han dedicado múltiples relecturas, este ensayo lleva a buen puerto el propósito de demostrar por qué Borges fue la fuente de inspiración de tantos novelistas y escritores en general, no solo de «los borgeanos a ultranza, cuyas obras eran ejercicios miméticos y epigonales». Tal como si Borges hubiera dicho a través de sus cuentos—palabras mías—: «estas son mis ideas, vean ustedes qué hacen con ellas». El mensaje fue captado de inmediato.


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Horacio Hidalgo Ledesma,
licenciado como contador público por la Pontificia Universidad Católica del Perú, se desempeñó durante casi una década como auditor financiero en una firma local independiente. Se alejó de los quehaceres de su profesión para dedicarse de lleno a la literatura. Parusía es su primera novela publicada.



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