Alberto de Belaúnde: «Todo lector lleva a un escritor dormido en su interior»

La cita es en la librería La Rebelde al mediodía. Falta poco para la hora pactada y Alberto ya llegó. Viste un polo azul oscuro y jeans holgados, en sus hombros carga una mochila. Su imagen dista mucho del fiero parlamentario y abogado comprometido con las luchas y causas sociales. Sonríe, estrechamos las manos y nos sentamos alrededor de una mesita circular que pronto quedará a merced del inclemente sol. Enciendo la grabadora, convencido de que Alberto de Belaúnde es un escritor que promete una amena e interesante conversación. 


Por Marco Fernández
Eres (y siempre has sido) un lector empedernido. ¿Cómo nace esa primera conexión con los libros?

Creo que tiene que ver, sin duda, con Isabel, mi mamá. Desde chico, las escenas de mi madre leyendo, de una biblioteca en casa —que, además, era un espacio hermoso— me han acompañado. De hecho, uno de los planes más pajas era cuando mi mamá me llevaba a la librería Virrey o Época, y después íbamos por un helado. Ella me dejaba buscar y comprar el libro para niños que yo quisiera, porque siempre tuvo la idea clara de que leamos lo que nos provocaba. Esa fue mi primera aproximación al libro, que me dio también válvulas de escape en diversos momentos.

Quiero detenerme en un punto específico: Escalofríos. La mirada de un lector joven sobre una obra clásica juvenil. Es decir ¿te gustan los monstruos y el terror?

Mira, no actualmente. Pero Escalofríos, Todos mis monstruos y Elige tu propia aventura son colecciones de libros que me acompañaron en la infancia y por las que guardo aprecio. Luego empecé a leer cosas de corte más realista, pero a lo que voy es que uno jamás olvida sus primeros amores.

Hace poco celebramos el Día Internacional del Libro. ¿Es cierto que los libros son una puerta de tránsito o escape? Porque déjame decirte que a veces esto se convierte en un cliché.

Sin duda, sobre todo cuando estaba en el Congreso (risas). Cuando convocaban a pleno, que era normalmente los jueves a las nueve de la mañana, yo estaba presente diez minutos antes. Por lo general el pleno empezaba a las diez, entonces había un montón de “tiempo muerto” que no te permitía ir a tu oficina y volver. Si estaba al día con los correos electrónicos que tenía que mandar y otros pendientes, sacaba de mi mochila un libro. Además, cerca de mí se sentaba Guido Lombardi, que es un gran lector, quien me recomendaba buenos libros. Era algo casi terapéutico antes de una jornada frustrante.

Ya que hemos tocado la parte del Congreso, alguno podría pensar que si lees en plena jornada es una especie de tiempo ocioso que se invierte.

No, para nada, porque era un tiempo generado por la impuntualidad de mis colegas. Por mi parte, era un tiempo muy bien aprovechado.

Disculpa que vuelva al tema del parlamento, pero creo que es muy raro encontrar a un congresista que lee.

Hay algunos, como Guido Lombardi. Mauricio Mulder, por ejemplo, también es un gran lector. De hecho, hay dos Mulder: el polemista y el parlamentario que conoces personalmente. Tú podías conversar con él sobre libros o cine y comprobabas que era una persona muy culta, pero a los dos minutos encendía el micrófono y te sacaba la mugre (risas), pero por lo menos había ese punto de conexión que siempre valoré mucho. Es cierto que no es la característica común de los congresistas en general, y eso tal vez explique por qué temas vinculados a la lectura y a la promoción de bibliotecas públicas y escolares —que considero un eje central— no están presentes en el debate o en la ley de presupuesto. La lectura es una gran generadora de empatía, de ser así tal vez tendríamos un Legislativo más cercano a los problemas de la gente.

Si tuviésemos que pensar en una biblioteca básica para un congresista, ¿qué títulos recomendarías?

Bueno, Basadre de saque, para conocer mejor la Historia del Perú y las tragedias que se repiten. Es lamentable que en los momentos en que se requiere mayor unidad estemos más desunidos, como a inicios de la república, en la Guerra del Pacífico, durante el conflicto armado interno, en la pandemia, es decir siempre estamos peleando por pequeñas cuotas de poder. En cuanto a literatura no podrían faltar Arguedas, Ciro Alegría, Vargas Llosa —para entender lo que ha sido el poder en el Perú—; también pondría necesariamente a Ribeyro, Bryce Echenique y Blanca Varela. Estoy mezclando géneros, pero no importa, porque creo que las formas de expresión de estos escritores ayudan a generar sensibilidad y es necesario tener políticos sensibles, a diferencia de esta idea que pretende propagar lo del Bukele peruano o del dictadorzuelo de turno.

Eres recordado por tu famoso «no retiro nada», que de hecho da título a tu primer libro. Pero, Alberto, ¿es un estigma ser congresista?

La verdad, no. La gente suele ser muy amable conmigo, incluso me preguntan cuando vuelvo y yo solo sonrío.

Roberto Bolaño decía que lo normal y lo placentero es leer, y que, por el contrario, la escritura es un ejercicio de masoquismo. De pronto, das el salto hacia la otra orilla y decides ser escritor. ¿Cómo es que se da esta metamorfosis en tu vida?

La gente juzgará esto que voy a decir: todo lector lleva a un escritor dormido en su interior. Si te gusta mucho la lectura, hay una curiosidad natural. Lo que haces con esa curiosidad es lo que determina si efectivamente eres escritor. Hay quienes dejan esa curiosidad ahí, otros llevan cuadernos privados o diarios y le es suficiente, pero llega un momento en que eso no alcanza. A lo largo de muchos años llevé distintos talleres, pero el más importante fue durante la pandemia con Katya Adaui, que además fue un espacio hermoso de contención y literatura. Sin embargo, llegó un momento en el que sentí que no era suficiente. Entonces, por arte de magia apareció la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Católica, dirigida por Giovanna Pollarolo —que ha sido alguien fundamental en mi formación como lector—. La escritura me ha dado la posibilidad de escapar un poco de la ansiedad de la vida y de la coyuntura nacional e internacional, así como tener un espacio de creación en medio de una sociedad sumida en el consumismo. Crear es una bocanada de aire fresco.

Podría sonar un poco polémico, pero creo que con esto que me cuentas renace el debate sobre si el escritor nace o se hace.

Yo creo que lo que se puede enseñar es a canalizar una vocación que ya existe. Te pueden enseñar técnicas útiles al momento de escribir y regalarte una comunidad que te lee y te critica. Es decir, te brinda un momento para leer y recibir recomendaciones de libros, así como también la necesidad de generarte una disciplina. Si te tomas la escritura en serio, debes encontrarle en tu rutina un espacio central. Por supuesto, si no tienes la vocación o el interés, lo más probable es que no dures mucho tiempo. Ahora, tampoco es que la maestría te va a generar talento, sino que afina el poco que tienes.

Todo escritor tiene costumbres, incluso manías. Me acuerdo mucho aquello de que Alejo Carpentier, antes de escribir, jugaba con muñequitos, y que Enrique Vila-Matas escucha a Chet Baker. En ese sentido ¿cómo escribe Alberto de Belaúnde?

Es un proceso aún en construcción, pero ya empiezo a identificar algunas cosas indispensables. Normalmente escribo en la computadora, pero he descubierto el placer de garabatear ideas para posibles relatos, con lapicero y papel. De hecho, el lapicero tiene que ser de tinta líquida, hay algo respecto a la manera en cómo fluye el lapicero en concordancia con el fluir de las ideas. Aunque esto me genera un problema, porque soy zurdo, y la tinta líquida con los zurdos no se llevan bien, así que termino con la mano manchada y el papel todo manchado. Ahora, tengo respeto y gran curiosidad por los escritores que escribían a máquina, porque me parece una pesadilla. Algo fundamental para mí es cortar, pegar, subir, bajar, dejar en blanco y volver sobre lo escrito en el documento. Hay mucho movimiento y reescritura. Por último, no debo tener pendientes en el trabajo, porque de ser así no me conecto totalmente y la parte chancona del abogado que soy se queda pensando en esas cosas por solucionar. Escribo mejor de mañana y, fuera de eso, si me das una mesita, un pequeño espacio para apoyar la computadora y una silla que ayude a mi espalda de casi cuarenta años a no sufrir tanto, me doy por satisfecho.

Tu respuesta cambió totalmente el guion. Juan Carlos Onetti, escritor uruguayo, decía que era una experiencia indescriptible escribir a mano, porque es como si uno se peleara con las palabras. ¿Algo así es tu sentir?

Lo que me da la escritura en papel es la posibilidad de trazar líneas, en sentido figurado, en cuanto a la proyección de la historia. A veces, cuando empiezo de cero en la computadora, siento que todo está muy limpio y eso me da timidez al momento de explorar. Tal vez tenga que ver con el hecho de haber tenido distintos trabajos que exigían cosas más claras, como una columna de opinión.

La segunda pregunta que se desprende de la respuesta de hace unos segundos es que Bolaño decía que uno escribe más durante la reescritura. Me parece que vas por ese camino también.

Sí, porque además empiezas a descubrir cosas. Por ejemplo, y esto lo ato con la respuesta de la maestría, aprendes técnicas, teorías y empiezas a ponerle nombre a cosas que intuías como lector, pero en la reescritura te das cuenta de que algo que funcionaba ya no lo hace. Es en la reescritura donde el impulso que se ha tenido cobra forma, más allá del simple entusiasmo.

Disculpa que vuelva al Congreso, pero es que tú provienes del ámbito legal y eres una persona que ha convivido mucho con proyectos de ley, mociones y demás. ¿Es difícil sacarse el saco y la corbata y pasar la página hacia el capítulo literario?

Hay una cosa que es bien difícil y que a veces lo digo en broma: me tomó cinco años de universidad aprender a escribir como abogado, y ahora me tomará el resto de mi vida aprender a no escribir como abogado. Son dos registros distintos. Por una parte, está el abogado que además escribe una columna de opinión en jugo.pe. En un proyecto de ley o en un texto legal se debe ser lo más preciso posible, no hay lugar para la ambigüedad. En cambio, en la literatura la ambigüedad se convierte en una de tus mejores amigas. Por eso digo que son dos registros distintos y me ha pasado que cuando escribo algo trato de asegurarme de no usar un resaltador amarillo. Hay que confiar y respetar a los lectores, respecto a que ellos descubran de los detalles de la escritura.

Alberto de Belaúnde acaba de publicar Todo queda en familia (Pesopluma)

Después de este repaso, llegamos a Todo queda en familia, tu primer round narrativo. ¿Cómo surgen las ideas de estos cuentos?

En la maestría, para graduarte debes elaborar un producto creativo, sea un guion de cine, un poemario, un libro de cuentos o una novela, y además debe estar acompañado de un estudio crítico. En cuanto a un libro de relatos, no necesariamente debe tener un hilo conductor —Doce cuentos peregrinos es tal vez el ejemplo más claro—, pero es cierto que para el proyecto literario que planteaba la maestría sí te incentivaban a confeccionar un libro orgánico. Como soy un poco neurótico y chancón en ese sentido, decidí disfrutar, es decir, el primer año escribí por puro placer, sin tomar en cuenta el proyecto de tesis. Tenía claro que quería incursionar en el cuento, pero no poseía temas. Entonces me di cuenta que el famoso hilo conductor eran las relaciones familiares. Podían ser muy claras, como en «Apollo 13», la ausencia de familia, como en el cuento «Vecindad», y también lo dúctil y diverso que puede ser el concepto de familia, como lo que ocurre con las protagonistas del cuento «La reina del Atlantis».

¿Cuánto pesa la elección de un narrador en la construcción de un relato? Y me centro específicamente en «Apollo 13», porque es difícil sostener la voz de un niño a lo largo de toda la narración.

Pesa y depende mucho de cómo empiezas a desarrollar la historia. A veces lo que tienes es solo una voz, hasta que decides conferirle una historia, que fue lo que sucedió en «Apollo 13», pues tenía interés en que un niño hable durante todo el relato. Así empecé a confeccionar la historia. Lo primero que tuve fue esa obsesión infantil antagónica: si te gustan los astronautas, desprecias a los que les gustan los dinosaurios; si te gusta Batman, entonces no te puede gustar Superman. Inicié con ese ejercicio y apareció este mundo del que conversamos. A mí me gusta mucho explorar la oralidad de los personajes, porque siento que puede decir mucho sin decirlo de manera expresa.

Es interesante que muchos de estos cuentos no sean explícitos, sino sugerentes. ¿Digamos que has forjado un estilo desde mostrar más que decir?

Completamente de acuerdo. No fue una decisión consciente, pero tal vez uno de los disparadores fue mi temor abogadil a decir todo demasiado claro. Sin embargo, disfruto mucho aquellos relatos que poseen distintos niveles de lectura. Por ejemplo, el cuento «La reina del Atlantis» está ambientado en la Lima de finales de los noventa, cuando la dictadura de Fujimori estaba en decadencia. Recuerdo que había una serie de redadas en el Centro de Lima, bajo el estandarte de la moralidad pública. Además, ocurría algo muy trágico, pues quedaba claro que la comunidad como tal no existe. Creo que esta idea de ir colocando capas en los relatos es funcional.

¿Será también que apelamos a mostrar más que decir porque el dolor se lleva por dentro y es difícil rompernos sin ninguna culpa?

Hay mucho de eso y de lo poco explícito que suelen ser los asuntos de una familia. A veces el ámbito familiar termina siendo el espacio más difícil para abrirse y también considero que hay un tema mucho más potente para un lector: descubrir el pequeño infierno del personaje, a que el lo diga explícitamente. Lo mismo ocurre con las relaciones interpersonales, porque más conmueve cuando nos damos cuenta de que un amigo está triste, en lugar de que él nos lo diga. Creo que el descubrimiento es algo indispensable.

«Vecindad» es un cuento sobre la soledad, pero lo que me llama la atención es que tu registro evita pintarrajear la página con lo evidente. A propósito, este relato me trae a la cabeza la etapa del covid-19, cuando había personas que morían solas.

Este cuento lo compuse en un momento en el que leía a Raymond Carver. Y es que Carver tiene este estilo de colocar una cámara que registra el día a día de las personas. No hay nada extraordinario ni un juicio de valor por parte del narrador respecto a lo que está pasando. Recuerdo que hace pocos años falleció un vecino del edificio donde yo vivía, la noticia se compartió con mensajes un poco más simpáticos de los que aparecen en el cuento, pero más allá de eso no hubo nada más qué hacer. Cada uno siguió con su vida, si estaban cocinando lo seguirían haciendo, o si estabas por salir a encontrarte con tu hermana probablemente no le contarías que un vecino murió. El cuento evidencia una idea de comunidad en la que si bien se convive muy cerca, no necesariamente se forjan vínculos profundos. Me interesaba enrostrar esta sensación de indiferencia, de soledad y que la narración ayudara a generar ese clima.

Los temas de Todo queda en familia tienen en sí mismo un hálito de denuncia, pero lo interesante es que no caen en el registro panfletario. Eso se agradece, pero créeme que a veces es difícil no caer en la denuncia pura y dura.

Es un elogio hermoso el que me haces, porque siento que hay una tentación hacia la «editorialización» y a veces pasa que uno está leyendo algo vinculado a una problemática social, y de pronto sientes que el relato se frena o hay algo que provoca saltarse el párrafo. Es ahí cuando parece la voz editorializada.

¿Fue difícil encontrar una editorial para publicar tus relatos?

Definitivamente tengo que agradecer a Pesopluma, sin embargo, hay una serie de reflexiones que deben hacerse respecto al trato ético hacia los escritores. Hay una situación de vulnerabilidad cuando alguien se acerca a una editorial con un producto que cree es bueno. Digamos que es casi como salir al mundo. Lamentablemente hay editoriales que no responden los correos o no te contestan. Para usar un término actual, nos “ghostean”. Cuando toqué la puerta de Pesopluma, me dieron todos los detalles y condiciones, estuve de acuerdo y me sentí parte de una industria que va avanzando constantemente. Eso me gustó mucho, pero siento que en general no es la experiencia de todos mis colegas escritores.

En el rubro editorial se dice que es fundamental que el editor y el autor forjen un vínculo para que todo salga bien. ¿Das fe de ello?

Totalmente. Me he sentido acompañado, escuchado y querido. Finalmente estamos hablando de una actividad tan personal que es indispensable ternura y afecto en la relación editorial para que sea placentera.

En el marco de esta resaca electoral que vivimos, el Perú parece un escenario de ficción, ¿verdad?

Mira, si convirtiéramos en una serie de Netflix todo lo acontecido en el Perú durante los últimos diez años, probablemente sería un fracaso porque el público lo consideraría inverosímil. Deberíamos preocuparnos si vemos que las cosas que pasan no podrían pasar al registro literario por ser increíbles. Eso es una clarinada de alerta de que hemos tocado fondo, aunque siempre podemos caer más abajo.

Alberto, luego de haber conversado, te digo que ¡no retiro nada!

Me alegra mucho que no lo hagas (risas).







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