Bullying: una aproximación contraintuitiva

El escritor Horacio Hidalgo Ledesma, autor de la novela Parusía y la colección de cuentos Donde viven los payasos, analiza en el siguiente artículo algunas aristas del bullying, desde su propia experiencia y a partir de un relato de su autoría. 


Por Horacio Hidalgo Ledesma      


          Protección al abusador

Octubre del 2025. Una adolescente sevillana acosada por sus compañeras de clase, llamada Sandra Peña Villar, decide quitarse la vida. Su nombre se suma a una larga lista de escolares que, en los últimos años, incapaces ya de ver una salida ante la humillación y el escarnio, no encontraron más solución que abreviar su paso por este mundo.

A propósito de este lamentable suceso, el escritor español Juan Soto Ivars publica un video en YouTube donde desgrana varias aristas del problema; pero antes de comenzar su análisis envía un mensaje a los chicos que pasan por una situación como la de Sandra: «esto se acaba, y la vida es muy larga y da muchas vueltas». Un llamado a la paciencia, una invitación a mirar la vida con un poco de esperanza cuando todo alrededor parece haberse teñido de negro.


Esta invocación no debe interpretarse como una defensa de la inacción, menos todavía como el llamado a una resignación y pasividad derivadas del carácter transitorio de todo mal o de muchos. Hay una responsabilidad, señala Soto Ivars, que apunta directamente a los padres de los bullies, pero que también interpela a «un sistema educativo intoxicado por una retórica sentimentaloide» donde ya no se permite el castigo ni se admite la posibilidad de que alguien —el abusivo— quede rezagado con respecto a sus compañeros.


La conclusión parece clara: la autoridad se encuentra en crisis. Ya no se ejerce. Cuando el sistema no activa mecanismos de castigo a los abusivos y más bien parece protegerlos, está lanzando un mensaje que las víctimas interpretan como solo podrían hacerlo, esto es, que el mundo les ha fallado, que han sido dejados a su suerte y en un estado de completa desprotección. Un tratamiento psicológico no los salvará. No por sí solo. Un cambio de colegio tampoco. No en todos los casos. Pues a veces ocurre que la sombra del bullying se cierne sobre la cabeza del acosado como una nube de moscas: hay muchachos, dice Soto Ivars, que parecen despertar «el odio automático de todos los demás».  


A partir de estas reflexiones me gustaría trazar una línea que, a simple vista, podría parecer divergente con respecto a lo que se piensa sobre el castigo y sus consecuencias. La lógica del sistema implica tomárselo con mucho cuidado antes de aplicar sanciones correctivas e incluso medidas que supongan la expulsión por mala conducta; o impedir que el sujeto pase de año debido a su pésimo rendimiento académico (los agresores suelen ser, por término medio, también muy malos alumnos). Se piensa que hacerlo traerá consigo un resultado traumático en la psique del muchacho: vulnerará su autoestima, lo marginará y alienará a tal grado que luego le será muy difícil funcionar socialmente; anidará un resentimiento que podría exacerbar su comportamiento de por sí desadaptado.


Discrepo enérgicamente de esta postura. No solo porque se obliga al agredido a compartir el mismo espacio con el agresor a sabiendas de que este, por decisión institucional, podrá revictimizarlo sin temor a las sanciones, sino, sobre todo, porque las peores consecuencias de la ausencia de autoridad las acabará sufriendo el victimario al ser despojado de accountability, al verse desprovisto de agencia para lo que ha de enfrentar en una adultez de la que la etapa escolar es mero ensayo, mero experimento dentro de un ambiente que debería ser controlado. La incapacidad de responder por sus acciones lo marcará de por vida y de maneras mil veces más destructivas que un castigo menor del que apenas se espera el trazo de límites claros y la interiorización de normas básicas de convivencia. Para corregir no es necesario apelar a la humillación ni mucho menos al castigo físico, formas tan habituales de sanción en tiempos de nuestros padres y abuelos; enmendar esta desmesura punitiva, sin embargo, no debería rebajarnos al nivel de la claudicación, entregarnos a una indignación pasiva ante cada evento luctuoso que, pese al dolor que produce, falla en movilizar a quienes tienen el poder de tomar medidas acordes.

Bajo esta perspectiva, la sobreprotección deriva en indefensión y la negligencia en complicidad. Es verdad que hay cuestiones de fondo que no se resuelven con la simple imposición de castigos. El bullying es un espejo de lo que a gran escala ocurre en la sociedad, y, siempre que haya padres incapaces de responder por sus propios actos y omisiones —ya ni se diga sobre lo que hacen sus hijos en el colegio—, estaremos bastante lejos de acabar con el problema; pero la absurda pretensión de que nada se puede mientras no se aborden los temas de fondo, lamento decirlo, está dejando demasiadas vidas en el camino. 


Centrípeta en vez de centrífuga



Yo mismo sufrí una de las tantas formas de acoso escolar que existen. La escabechina debió de durar apenas un par de años, período durante el cual hubo momentos en que la sola idea de ir al colegio me sumía en un estrés insoportable. Vivir con tal nivel de incertidumbre ante lo que el día podría deparar, sujeto a fuerzas y voluntades que me eran del todo incontrolables y que sin embargo ejercían una presión constante y perniciosa en mi propio ánimo, todo ello acabó configurándose en una de las experiencias más difíciles y, al mismo tiempo, más constructivas y reveladoras de mi vida.

Me explico. No creo que haya mejor preparación para la frustración, mejor vacuna para el dolor de futuras pérdidas y eventuales fracasos, que caer desnudo en un escenario donde uno se enfrenta a muchos sin ninguna posibilidad de victoria; porque las armas (los valores) con que se está premunido no son las mismas ni son tan lacerantes como las que utilizan aquellos para humillarte. Ese vacío, esa caída libre donde no parece haber asidero que evite al cuerpo reventar contra el fondo del pozo, acaba siendo, aunque parezca imposible notarlo en el vértigo mismo del padecimiento, el mayor regalo que nadie puede recibir. No un regalo envenenado como la chance del dominio impune que puede ejercer el matón sobre su presa, sino un regalo envuelto de manera miserable, ornado con púas en vez de lazos. Un regalo que exige arriesgar la mano para constatar lo que hay detrás del envoltorio.


Por otro lado, suele decirse que el grupo va a por el más débil o por quien aparenta serlo. Ese «aparentar» abre la puerta al equívoco de creer que el grupo intenta, mediante el acoso, marginar a todo aquel que se perciba como diferente. No siempre ocurre así. El grupo no puede marginar a quien se automargina en ejercicio de su soberanía individual, al que busca la soledad porque no le pesa estar a solas consigo mismo. En estos casos la fuerza no es centrífuga sino centrípeta; el colectivo acaba visibilizando con su atención a una parte de sí que distingue como anómala, estira sus tentáculos para uniformizar y colonizar con unos códigos que no admiten disidencia; y quien parezca no compartirlos o no querer hacerlo, quien se niegue a vivir en medio del ruido y salir al mundo vestido con los mismos colores, termina siendo inevitablemente machacado, pulverizado. El verdadero coraje no reside en decir que se ha sufrido, sino en resistir, mientras el colectivo ejerce su poder, a la tentación de renegar de todo aquello que lo hace a uno diferente.


Es verdad: «esto se acaba, y la vida es muy larga y da muchas vueltas». Tomo la frase. La hago mía sin ánimo de complacencia; el aprendizaje demanda autocrítica y reajuste constante. Tampoco de victimismo, y menos en tiempos en que la sociedad parece considerarlo una categoría moral en sí misma; en tiempos, lo vemos todos, en los que muchas veces el éxito social e incluso artístico depende casi por entero de asumir el papel de damnificado. Por eso no me pesa reconocer que mi caso fue menor, tanto en duración como en impacto si lo ponemos al lado de experiencias mucho más traumáticas sufridas por otros; el caso de Sandra Peña Villar habla por sí solo.


Y esto es fundamental no perderlo nunca de vista: sufrir una experiencia de bullying puede forjar la autoestima y el carácter, es verdad, pero siempre que antes no los haya destruido por completo. Por eso no escribo estas palabras con afán de dulcificar ni romantizar una problemática que todos quisiéramos que no existiera. Valga esta pequeña declaración, entonces, como un testimonio de que sí es posible rescatarnos de las peores circunstancias, aunque para ello sea necesario aguantar a pie firme durante algunos años; lograr, con ayuda del tiempo y un poco de esfuerzo, una especie de alquimia del sufrimiento que descarte cualquier regodeo en el propio dolor, que no alimente un ánimo revanchista del que solo se puede extraer más violencia y más sometimiento, más humillación de los unos por los otros. Existe, en el corazón de cada doliente, la posibilidad de usar el trauma como el motor de causas mejores.


Vale la pena mencionar cierto aspecto que el acosado pierde de vista mientras intenta quitarse de encima las miradas, y esto es que su «punto débil», aquel por el cual es atacado, a veces se constituye en un bien escaso que los acosadores, más adelante en la vida, habrían agradecido ser capaces de cultivar desde mucho más jóvenes. La capacidad de estudio, por ejemplo. Con el paso de los años me ha sido muy grato descubrir que en el fondo algunos compañeros de aula me tenían simpatía y valoraban en cierta medida mis cualidades, y que habrían querido, incluso, decir o hacer algo que lograse ponerme a buen recaudo de las burlas. Salvo uno o dos, que me dieron el consejo de hacerme respetar por los puños (con resultados que mi camisa, ensangrentada y desgarrada, no agradeció en absoluto), los más se apartaron porque el instinto de supervivencia les impedía distanciarse de la masa. No podían permitirse el dislate de encender alarmas que los pusieran en el centro de la pesquisa. 


Donde viven los payasos (Buen Puerto, 2026)


Al mismo tiempo que descubrí mi vocación de escritor, cuando ya me encontraba en el umbral de los treinta, se precipitaron sobre mí los temas de los cuales «debía» echar mano si quería algún día llegar a considerarme como tal. Mis recuerdos de aquel período confuso y complicado acudieron sin que yo los convocara; por eso una de las primeras cosas que escribí fue un pequeño relato sobre el bullying. Si la memoria no me falla, logré terminarlo en apenas un par de horas.

No debía de ser un gran relato, aunque en el momento me lo pareciera. Una relectura me obligó a escribir una nueva versión; y la minuciosa revisión de esta última solo pudo traer consigo una reescritura total que, luego de varios meses de trabajo ininterrumpido, alumbró un cuento de cincuenta páginas en el que de manera muy consciente evité una transcripción literal de lo que me había ocurrido; no solo porque un recuento de los hechos habría podido derivar en una visión demasiado autocomplaciente, sino, sobre todo, porque por debajo de la realidad vivida subyacía una multitud de voces y versiones alternativas que opacaban largamente la perspectiva sesgada y monolítica de la víctima. Mi trabajo consistió en rescatar esas voces; en seleccionar, cómo no, una de ellas (no la mía) para contar la historia desde un lugar distinto. 

 

Creo que esta decisión de empañar el lente fue harto beneficiosa para el relato. En cada nuevo avance la historia iba ganando en ambigüedad y complejidad, y cada vez me era más difícil encontrar algo que pudiera considerarse su verdadero mensaje. Incluso el título, Donde viven los payasos, se me planteó desde un inicio como promesa y también como interrogante: no se cumpliría la una ni se despejaría la otra sin el activo concurso del lector y su particular sensibilidad. Este anhelo de complicidad encontraría asiento cuando el lector tentara, también, posibles respuestas a las siguientes preguntas: ¿Qué pasa cuando los adultos han decidido negligir sus responsabilidades, y se erigen ya no como autoridad sino como ausencia, sino —incluso— como promotores del trauma y la violencia? ¿Qué pasa cuando un amigo quiere ayudar al indefenso empujándolo a una lucha para la cual no está preparado aún? ¿Qué pasa cuando convergemos en la conciencia de que el mundo no es más que un grandísimo malentendido?  


Un grandísimo y doloroso malentendido que puede destruir vidas, pero también cimentarlas; porque por más que nos quieran adiestrar en la creencia de que el sufrimiento es opcional, la triste realidad es que no lo es. Siempre es bueno tenerlo muy presente.  





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