Borges y la invención de los infinitos

 A cuarenta años de la partida de Jorge Luis Borges, su universo continúa en expansión y siendo faro de nuevas generaciones de escritores, tal como ocurrió con autores de generaciones pasadas.

Hay escritores que producen grandes obras, mientras que otros, como Jorge Luis Borges, modifican para siempre el modo de entender la literatura. 

Vasta con revisar su prolífica obra, compuesta por cuentos, ensayos, poemas y conferencias —y por los siglos ansiaremos que se cuente entre estos una novela— para comprobar que alteró los conceptos tradicionales de autor, realidad, tiempo y ficción. Desde la publicación de Ficciones (1944) y El Aleph (1949), la literatura, a modo de ouroboros, pasó a reflexionar sobre sí misma.

Influencia

Borges transformó la escritura en una aventura intelectual donde los libros dialogan entre sí, en la que las bibliotecas adquieren dimensiones cósmicas y los personajes se pierden detrás de los muros de laberintos metafísicos.

Es una tarea imposible encontrar a un escritor contemporáneo que no haya sido influenciado por Borges. Por ejemplo, si leemos con detenimiento al italiano Umberto Eco, deduciremos que la biblioteca laberíntica de la novela El nombre de la rosa, así como el sabio y ciego monje Jorge de Burgos son guiños evidentes de la corriente borgeana.

Autores como el norteamericano Paul Auster, cuyo trabajo reinterpreta constantemente los límites de la ficción y la realidad, fueron absorbidos por las lecturas de Borges. César Aira y Ricardo Piglia —que esgrime una narrativa que combina crítica literaria y ficción— también sucumbieron a esa influencia que desafía los procedimientos narrativos, la metaficción, los dobles y los manuscritos apócrifos. De las «novelas» nos encargaremos después.

Cortázar y Bolaño

La obra de Borges demuestra entonces que una ficción puede contener múltiples ficciones, así como un cuento breve puede albergar infinitas posibilidades, a modo de una enciclopedia. Precisamente es la literatura latinoamericana —específicamente la cultivada por los escritores del boom y sus herederos—, donde se deja sentir su mayor impacto. Destaquemos dos nombres: Julio Cortázar y Roberto Bolaño.

En el caso del primero, antes de convertirse en un portento literario, Cortázar recibe un impulso decisivo proveniente de Borges. Ambos compartían una fascinación por lo fantástico, aunque en latitudes diferentes. Mientras Borges echaba mano de laberintos y paradojas filosóficas, Julio Cortázar desgarraba el manto de la realidad para introducir lo extraordinario en la vida cotidiana.

El punto de encuentro de ambos escritores es precisamente en este terreno: la sospecha de que la realidad observable esconde un mundo alterado en diversos aspectos. Por ejemplo, «Casa tomada», cuento emblemático del repertorio cortazariano, y «La casa de Asterión» de Borges, guardan un profundo vínculo en cuenta a la predilección por los laberintos y las estructuras narrativas abiertas. Así, Rayuela, novela que llevó al extremo las infinitas posibilidades de leer un libro, debe su concepción a las obsesiones borgeanas del infinito y la multiplicidad de formas, algo que Cortázar incorpora sin caer en la sencilla imitación.

En el caso del escritor chileno Roberto Bolaño, su punto de intersección con Borges es la concepción de la literatura como destino. De hecho, el mismo Bolaño manifestó en diversas ocasiones que el epicentro de su literatura estaba anclado al universo borgeano.

En La literatura nazi en América (1996), Bolaño emplea el concepto borgeano de lo apócrifo, de los manuscritos y libros ficticios, de los escritores virtuales que escriben novelas y poesía falsa, imaginaria, pero que linda con la realidad hasta cierto punto. Aparecen enciclopedias, biografías imaginarias y juegos de espejos entre historia y ficción. Esto nos remite inevitablemente al fantástico relato « Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» o al exhaustivo «Examen de la obra de Herbert Quain».

Asimismo, con base en lo expresado por el crítico Ilan Stavans, la literatura de Bolaño persigue el infinito, en cierto sentido la mentira, que a su vez es una búsqueda genuina de la verdad. Escritores desaparecidos, archivos imposibles y bibliotecas fantasma —así como pueblos y ciudades enteras— remiten a Borges, sin caer en la emulación, pues de por sí tienen un peso y existencia histórica propia.

Borges: Novelista virtual

Hace poco, una noticia falsa —al estilo del mismo Borges en sus cuentos— daba cuenta de un manuscrito hallado en Ginebra, sobre el cual reposaba una novela inédita de Borges. Cuarenta años después de su partida, los fanáticos del autor continúan añorando ese día.

En Borges: Novelista virtual (2025), el ensayista peruano Miguel Gutiérrez responde a ese deseo, planteando una tesis tan osada como deliciosa a la vez: Borges no escribió novelas, pero su obra cimentó las bases de la novela latinoamericana y escribió novelas a través de sus mismos personajes.

El ensayo parte de los novelistas que pueblan los cuentos de Borges, tales como Herbert Quain, Pierre Menard y Mir Bahadur Ali, escribieron los argumentos de las novelas que Borges no escribió. Es decir, en la virtualidad se dio esta especie de escritura apócrifa.

Mientras los escritores del boom utilizaban el realismo para solidificar sus universos, Borges echa mano de la fantasía y la virtualidad para llevar la literatura hacia límites insospechados. Gutiérrez, de igual manera, expande el ensayo más allá de las fronteras de esta virtualidad, haciendo un repaso práctico sobre todos los novelistas que encontraron en la virtualidad de Borges el camino para levantar sus narrativas.

Quizá el secreto de la permanencia de Borges hoy en día es que nunca ofreció respuestas definitivas. Sus cuentos son preguntas disfrazadas de relatos. Sus bibliotecas, sus espejos y sus tigres continúan multiplicándose en la imaginación de lectores y escritores porque representan la búsqueda inagotable del conocimiento. Cada generación encuentra en él algo distinto: un filósofo, un cuentista, un poeta, un precursor de la posmodernidad o un visionario de la era digital. Como ocurre con los grandes clásicos, su influencia no consiste en ser imitado, sino en haber ampliado para siempre los límites de lo imaginable.

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