Jannine Montauban: «Eduardo (Chirinos) fue una persona que diseñó su vida para la escritura»
Adentrémonos en la trastienda de la escritura de Eduardo
Chirinos. Amigo, esposo, docente y poeta. Sobre todo, poeta. ¿Cómo era Eduardo
en esa faceta?
Yo diría que era poeta a tiempo completo. Se despertaba y si
no tenía clases en la universidad se sentaba a escribir poemas. Cuando sentía
que había pasado mucho tiempo en eso, cambiaba a otro género, pero su
dedicación principal era la poesía. Si algo destacaba en él es que siempre
andaba pensando en el próximo proyecto, en el próximo libro. Cualquier cosa podía
convertirse en motivo de poesía. Como Eduardo era sordo —y muy inteligente— se volvió
experto en identificar la palabra clave y precisa para resumir algo que estaba
ocurriendo. Por ejemplo, recuerdo que habíamos salido a caminar y notamos que
el sol estaba completamente rojo por los incendios que ocurren durante los
veranos en Montana. De pronto le dije: «No te preocupes, es humo de incendios lejanos».
A Eduardo le encantó esa frase y con ello tituló uno de sus libros.
En eso podemos ver la figura del poeta que observa, que
siente y que desarrolla una sensibilidad particular, a diferencia de otros
artistas. Eduardo era un artista de la palabra, valga decirlo.
Definitivamente, siempre le interesó la palabra, pero era también
un gran observador. Para mí no había
nadie que pudiese tasar mejor a las personas que Eduardo, precisamente porque
no escuchaba bien. La palabra es muy poderosa, pero también te engaña. La
gente puede decirte muchas cosas, pero el cuerpo, los gestos dicen otras.
Eduardo era capaz de no distraerse con las palabras y juzgar a una persona con
una exactitud increíble.
¿Cómo describirías la poesía de Eduardo? Es decir, los lectores
se enfrentan a una poesía bastante descriptiva, a veces con tintes narrativos, pero
más que nada es un estilo que dialoga mucho con la tradición literaria, como si
de pronto tuviese por ella un respeto idolátrico.
Eso tiene que ver con un tema académico. Cuando él escribió
su tesis doctoral (La morada del silencio), que luego se convirtió en
libro, planteó diversas ideas como el blanco de la página, el silencio del
poema y las cosas que se dicen en ese silencio. Así, llegó a la conclusión de
que la página no está en blanco, sino que está completamente negra, debido a
todos los que han escrito antes del autor. Por eso, el poeta debe encontrar ahí
su lugar, es decir, su espacio dentro de esa página cubierta de negro por la tradición.
¿Cuáles eran esos autores con los cuales dialogaba Eduardo
al escribir?
Vallejo es ineludible. Desde su libro Epístola a los transeúntes,
vemos muchas referencias a Vallejo en su poesía. También le gustaba mucho la lírica
de Luis Hernández, Toño Cisneros fue muy importante para él, de igual modo.
Pessoa fue su ídolo máximo, nada que tuviera que ver con poesía le era ajeno,
pues al no venir de una familia letrada con una formación clásica, él era muy
libre en cuanto a su cercanía con la cultura. No la veía escrita con
mayúsculas, sino que era muy ecléctico: la tomaba desde donde venía para
construir su proyecto personal.
Eso es algo bastante curioso, porque generalmente se cree
que el poeta, y en general los escritores, es una persona lejana, casi como una
deidad. Sin embargo, en el caso de Eduardo, pareciera que a través de la
literatura entabla una especie de juego detectivesco con el lector.
Eso se da por las referencias que maneja, lo cual hace que los poemas de Eduardo funcionen a varios niveles. Hay un goce estético del poema, y a su vez un lector versado en poesía también puede encontrar ese juego de referencias, lo cual es un goce añadido.
Pienso en Treinta y cinco lecciones de biología, Breve
historia de la música o Mientras el lobo está. Ahora, la música tal
vez sea la llave que abre el diálogo entre Eduardo y otras disciplinas
artísticas, pues su poesía es transversal a muchas otras ramas del arte.
En ese sentido, para Eduardo todo era poesía. El tiene un
ensayo que se llama ¿A dónde va la ciencia cuando se olvida? Y, claro,
pensamos en la ciencia como el como el gran discurso hasta que se demuestre lo
contrario. Es decir, la ciencia caduca, la poesía no. Para él, todos los
discursos caducos de otras ramas del saber se vuelven una mina para la
poesía.
Por ejemplo, Harmonices mundi (2026) el último poemario
de Eduardo. En esa obra, la pintura dialoga con la poesía y es interesante
porque vemos a un Eduardo Chirinos que ha pasado por diversas etapas —pienso en
Cuadernos de Horacio Morel, Fragmentos para incendiar la quimera—,
y que de alguna manera llega a la cumbre de su creatividad e inserción en la
tradición.
En el libro Eduardo emplea el ejercicio de la écfrasis y
genera una reflexión sobre el arte de la contemplación, es decir, la reacción
que produce la experiencia artística traducida en palabras. Ahí se gesta el
gran diálogo entre la ciencia caduca de Kepler, la pintura de Miguel Von
Loebenstein y la poesía de Eduardo, el cual entra en una especie de armonía universal,
que es casi un concepto «cleperiano», ya que el científico pensaba el universo
como una secuencia de figuras geométricas en armonía musical.
Al leer a Eduardo Chirinos uno siente a un poeta en
constante asombro. Ese efecto sorpresa, por decirlo de alguna manera, despoja
de rigidez a su lírica, en un acto de desacralización absoluta.
La sorpresa ante el mundo, ante lo que se le presenta. Esa
característica la conservó desde muy joven, pues tuvo una infancia inusual. El
padre de Eduardo era militar y fue destacado a diversos lugares del Perú: vivió
en Jauja, en Tumbes y en distintas zonas de Lima. Luego, volvieron a Tumbes,
después viajó a España ya de adulto y cayó en Estados Unidos. Estuvimos en New
Jersey, Nueva York, Pensilvania y finalmente nos fuimos a Montana. Su poesía
tiene un poco de eso: de descubrimiento y apertura total hacia lo novedoso.
Eduardo dejó un interesante legado poético, mantiene un
envidiable vínculo con la tradición literaria y es un poeta cercano a los
lectores. Entonces, me pregunto qué pasó. ¿Por qué varios de sus libros son
inhallables aquí en el país? De alguna manera se está reivindicando su obra,
pero muchos de sus trabajos no gozaron de la reedición o difusión que merecería
un poeta de su categoría.
Bueno, eso aquí en Perú (risas). Más o menos desde el año
2000 casi todos sus libros están disponibles en España, sea en Pretextos, Visor
o Renacimiento, que son las tres grandes editoriales de poesía en España. También
ha sido publicado en México, Colombia y en Perú también. Pienso que la figura
de Eduardo como poeta combate con dos prejuicios muy arraigados. El primero es
la idea de que la escritura es un sufrimiento. Estamos muy acostumbrados a la figura
del Vallejo triste y meditabundo, cuando para Eduardo escribir era un placer,
era lo que más le gustaba en el mundo. Eso choca con el ambiente que respiran
los artistas aquí en Perú. El otro prejuicio es que Eduardo era muy prolífico. También
nos hemos acostumbrado a escritores que tienen obras muy breves, como si fuese
un diamante pulido durante décadas. Pero una cosa no quita necesariamente la
otra.
Aquí podría abrirse la discusión de que una obra
prolífica, de alguna manera, podría sugerir falta de calidad o desesperación
por parte del autor.
Hay poetas peruanos con muchos libros encima. Pienso
en Javier Sologuren, por ejemplo, que es un magnífico poeta. Él publicó muchos
poemarios, así como decenas de ensayos, pero aquí en Perú es poco practicada
esa tradición y se mira con un poco de desconfianza. Eduardo fue una persona
que diseñó su vida para la escritura. Nos casamos, nos fuimos del Perú,
decidimos no tener hijos y dedicamos nuestra vida a viajar y a las labores
intelectuales. Definitivamente, Eduardo consagró a la creación los mejores momentos de
sus días.
«Eduardo diseñó su vida para la escritura», una frase
potente porque rompe con esa figura del escritor solitario y eleva la figura
del escritor en disfrute. Ese gozo se plasma en poemas dedicados a la música, a
la biología, es decir, casi como una especie de broma entre él y el lector.
Es placer puro, como te digo, en una sociedad en la que nos
hemos acostumbrado a ver el trabajo como un sufrimiento, es casi una idea obscena
el hecho de disfrutar lo que uno hace, por decirlo de alguna manera.
Hasta te diría, me corregirás si me equivoco, que Eduardo
no se tomaba muy en serio la poesía, de algún modo. Es que es imposible leerlo
sin reír y pensar que estamos en medio de un juego agradable.
Es que ese es otro punto a favor. Esos poetas que se sienten
poetas, que se visten como poetas, que hablan como poetas y cultivan esa imagen
de poeta, son un poco distractores en la escena. Ahí surge la ironía de
Eduardo: era un apasionado de lo que hacía, pero también descreía y colocaba
límites a su labor. Eso le da un toque de humor a su obra que creo no se
encuentra en otros autores.
Eduardo era una persona de muchos amigos. Retrocedo a la
etapa de los «Tres tristes tigres», las correrías con Raúl Mendizábal y José
Antonio Mazzotti. Grandes amigos con diferentes aficiones.
Es cierto que los tres tomaron caminos un poco diferentes.
El chino Mendizábal sigue escribiendo poemas, pero también hace muchas cosas de
artesanía en madera. José Antonio tuvo un perfil académico un poco más riguroso
y Eduardo seguía con sus proyectos creativos y sus poemas. Pero es innegable
que había muchísimo cariño entre los tres.
Se nos viene la presentación de Celebración y homenaje en la Feria Internacional del Libro de Lima este miércoles 5 de agosto. ¿Qué nos puedes comentar acerca de este evento que reúne a panelistas como Andrea Cabel y Renato Cisneros?
Bueno, finalmente será publicado el libro que Eduardo dejó
preparado hace diez años antes de partir, el cuál se titula precisamente Celebración
y homenaje, que es una reunión de textos en prosa y poemas que celebran y
rinden homenaje, por parafrasear el título, a aquellos autores, poetas,
escritores, músicos y artistas en general que fueron importantes para él. Es
una selección hecha por el mismo Eduardo y digamos que el libro da cuenta de
esa influencia que tuvo la tradición literaria en su poesía.

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