Renato Cisneros: «Eduardo Chirinos recorrió todos los géneros, pero fue fundamentalmente poeta»

Entro al salón y le escribo a Renato, diciéndole que llegué al punto de encuentro para nuestra entrevista. Él responde que está en la terraza de la cafetería. Salgo, nos saludamos y pone los ojos en el libro que vengo leyendo y yo en el suyo. Luz de agosto, de William Faulkner, es mi presentación, y Qué quedará de nosotros, de Eduardo Sacheri, la suya. Mientras hablamos de libros, autores y fútbol, hacemos un espacio para recordar al poeta Eduardo Chirinos, su gran amigo y mentor, a quien recuerda con especial cariño.

Por Marco Fernández

Te unió una amistad muy fuerte con Eduardo. ¿Qué nos puedes contar de ese vínculo que trasciende los libros, los autores y las lecturas?  

Mi vínculo con Eduardo Chirinos empezó siendo admirativo. Lo conocí como poeta antes de conocerlo como profesor, ya que fue mi tutor en la academia Trenner. Anteriormente había conocido a Jannine Montauban, su pareja de toda la vida, quien me alcanzó algunos de los poemas de Eduardo. Fue increíble conocerlo primero leyéndolo y luego entablando una amistad que duró muchos años. Lo recuerdo como la persona que más creyó en mí cuando ni siquiera yo lo hacía. Creo que todos merecemos cruzarnos con alguien así en algún momento de la vida, es decir, alguien que confíe a ciegas en lo que haces, en lo que escribes. Ese fue Eduardo para mí.

Entonces, se convirtió en una especie de profeta. No cualquiera llega a tener a alguien que le ilumine el camino.

Yo no entré a la universidad ni en la primera, ni en la segunda oportunidad, sino recién al tercer intento. En esos años el acompañamiento de Eduardo fue vital, sus consejos excedían lo académico, pues siempre intentaban indagar en la grieta vocacional. Tengo tantos recuerdos de él, conversaciones acerca de los Beatles, la selección de México 70, todos esos temas que luego aparecieron en sus ensayos, en sus poemas o en sus crónicas. Pensándolo como autor, Eduardo Chirinos recorrió todos los géneros, pero era fundamentalmente poeta. También tenía estupendas dotes de antologador y ahora que hablamos de ello recuerdo el libro Infame turba, el que se recopiló lo mejor de la producción de los poetas de la Católica. Era un todoterreno literario.

Más allá de cuestiones académicas es interesante como la figura de Eduardo se convierte en un faro para ti. Sin temor a equivocarme, esa presencia también tuvo una fuerte influencia en tu escritura, al menos en los primeros años.

Él leyó mis primeros poemas, me ayudó a corregirlos e hizo que entendiese un poco cómo trabajar mi voz sobre la página. Me sentí muy influenciado por su poesía, que tenía coloquialidad pero también una gran dosis de lirismo. Cuando fue publicado mi primer libro —que ganó unos juegos florales en la Universidad de Lima— Eduardo escribió el texto de la contratapa. Cada vez que él visitaba el Perú, nos reuníamos y leía mis poemas. Es un amigo al que siempre recuerdo con mucho cariño.

Eduardo Chirinos (Lima, 1960 - Montana, 2016)

Te conocemos como novelista, pero es curioso escuchar que Eduardo «leía tus poemas». Imaginarte en la faceta de poeta es un poco difícil, por las miles de páginas que tienes encima como narrador, periodista y cronista. Mucha tinta ha corrido en esos flancos.

No sé si mucha gente lo sabe, aunque es un dato público, pero tuve la osadía de publicar tres poemarios antes de cultivar la narrativa, y en todos Eduardo Chirinos tuvo influencia directa. En el primero escribió el texto de la contratapa, en el segundo —que publicó Jorge Eslava con Colmillo Blanco— creo que participó también con un pequeño texto, y en el último me ayudó a elegir el título, que fue Nuevos poemas italianos. Sin pretenderlo, fue una especie de lector-editor a distancia. Y sabes que guardo con especial cariño sus correos electrónicos.

Es que uno atesora los recuerdos, las conversaciones, cualquier vestigio de la persona estimada. ¿Por qué eran tan importantes esos correos?

Eduardo era de esas personas que no se permitían escribir ni siquiera un mail que no fuese ocurrente y divertido. Cada correo era maravilloso y no podía leerlos sin una sonrisa. El humor, dicho sea de paso, es una de las características de la lírica de Eduardo, ya que en su poesía uno encuentra sentimentalidad, ironía y un humor a veces socarrón e impiadoso, pero muy inteligente.

Renato Cisneros: amigo y gran seguidor de la obra de Eduardo Chirinos

Encontrar estos tópicos en la literatura es difícil, especialmente trabajos que los tengan bien planteados. Menos aún una conversación con diferentes ramas artísticas, pues, valga decirlo, la obra de Chirinos es un diálogo abierto con la tradición literaria y del arte en general.

Totalmente, hay muchas referencias culturales eruditas en su poesía, ya sea con las artes plásticas o con la música. De hecho, Eduardo tiene poemarios escritos a propósito de piezas sinfónicas. Incluso cuando habla de la alta cultura, su mirada se coloca en aquello que parece ínfimo para devolverle una cierta dignidad. Si empezamos a hablar de sus libros, me gustan mucho Crónicas de un ocioso y El equilibrista de Bayard Street, cuyos poemas subrayaba y leía constantemente durante la época de la universidad. Hay un poema de Eduardo que se titula «Fragmentos de una alabanza inconclusa», una de sus piezas más tiernas y memorables, al menos para mí. El asunto es que se los mostraba a las chicas y les decía que yo era el autor. Un día le confesé eso a Eduardo y me dijo: «Si te sirve, úsalo». Como verás, era muy cómplice hasta para esos temas.

Y no podemos dejar de mencionar a Fernando Pessoa, porque Chirinos era «pessoiano» confeso. De alguna manera esto queda plasmado en Cuadernos de Horacio Morel, en el que su voz se enmascara detrás de la figura del editor y termina siendo, además, una suerte de tópico borgeano.

Justamente pensaba en eso. Hay tres autores determinantes para Chirinos: Pessoa, Borges y Cavafis. También entra por ahí Ted Hughes, pero sobre todo los dos primeros —y me atrevería a decir que Cavis en cierta forma— tienen esa obsesión con el desdoblamiento y el desplazamiento del yo. Eduardo, sobre todo en ese libro, utiliza dicha perspectiva para elaborar un yo poético que permanece contemplándose como un sujeto ajeno a sí mismo.

No olvidemos el disfrute. Chirinos, y esto hay que agradecerlo de rodillas de ser posible, es un poeta que se aleja del tópico clásico del sufrimiento y la literatura. Es decir, se desdobla de alguna manera para no perder el yo poético y mantener ese juego que traspasa su trabajo.

En las conversaciones con Eduardo era notorio ese ánimo lúdico, por momentos deliberadamente infantil, que intentaba emplear el lenguaje no para sacralizarlo, sino para nombras las cosas con la mayor pureza posible. Considero que lo que Eduardo buscaba intencionadamente era acercar su poesía a distintos tipos de lectores. Si piensas en la gente que leía a Eduardo, era netamente un público como de avión, en el que encuentras de todo. No solo lectores de poesía, sino gente joven y adulta, por eso, Chirinos dialogaba con distintas generaciones, como persona y como poeta.

Nadie es profeta en su tierra. A pesar de todo lo que hemos venido conversando, pareciera que Chirinos es considerado en Perú como una especie de poeta menor, a diferencia de México, Colombia o España, donde su obra ha conseguido un posicionamiento interesante. Y no hablo de lo estrictamente comercial, sino de su figura como poeta.

Quizá haya sido porque le tocó convivir con una generación fecunda de poetas. Tal vez porque él no encajaba en el perfil del poeta que busca sobresalir mediáticamente. Por el contrario, Eduardo era muy trabajador y nunca cayó en la tentación del «figuretismo» o de convertirse en un personaje completamente mediático. Él rehuía a esas cuestiones, pero siento que lo siguen apreciando y prueba de ello es que su obra ha resistido la prueba del tiempo. Cada vez que vuelvo a leerlo percibo que su poesía continúa hablándole al lector como hace veinte años.

Creo que el tema va hacia el hecho de que Eduardo, si bien se tomaba la creación en serio, no así la figura del escritor y de la acción de escribir en sí misma.

Es cierto lo que dices. Tú no sientes que en su poesía haya, por ejemplo, compromiso social, y si lo había no era un compromiso ideologizado, sino un compromiso con las cosas del mundo y la realidad, más que con algún tipo de pensamiento. Creo que el humor ha salvado a la poesía de Chirinos de volverse anacrónica. Es una poesía tierna, entretenida y cruda en ocasiones, especialmente cuando hace referencia a los temas del cuerpo y su deterioro. Creo que su poesía no ha envejecido, por el contrario, sigue viva y fresca.

Tomo el punto que mencionas respecto al compromiso. Hoy en día se habla mucho de la literatura comprometida, de que todo intento literario guarda en sí mismo un compromiso social. De no haberlo, algunos lectores desechan el trabajo automáticamente. Es un tema espinoso, porque la lucha ideológica se ha trasladado también al campo literario.

Yo creo que la literatura no es un territorio para incurrir en discusiones ideológicas. Si se comete ese equívoco, tendremos como resultado una escritura panfletaria y creo que eso es lo peor que le puede pasar a un autor una un lector: toparse con un texto que intente orientar su pensamiento o inducirlo. La narrativa y la poesía, si es que tuviesen algún rol, es el de generar preguntas en el lector, hacer tambalear sus muchas o pocas certezas respecto de la realidad y convencerlo de que absolutamente todo puede convertirse en un objeto estético. Incluso la poesía de Eduardo tiene esto muy presente, porque en él hay un interés por la historia, pero no por el contexto histórico-político. Cuando hace referencia al tema histórico, se sirve de personajes o bien para ridiculizarlos un poco o para subrayar su humanidad más cotidiana. De esa forma desacraliza lo que otros han querido colocar sobre pedestales.


El miércoles 5 de agosto participarás como panelista en la presentación del libro Celebración y homenaje, de Eduardo Chirinos, en la Feria Internacional del Libro de Lima. Sin duda, más que una presentación intentará entablar un diálogo con los asistentes, al estilo del poeta.

Así es. Me da mucho gusto participar junto con Jannine (Montauban), la mujer que lo acompañó hasta el final y que estuvo con él tantos años. Es un evento muy especial para mí, pues cuando Eduardo falleció, la noticia me alcanzó en Madrid, donde él había vivido. Recuerdo que cuando llegué a vivir a esa ciudad, conversé con Eduardo sobre ello y me contó de sus peripecias en la capital de España. Fue un hecho muy triste y desde ese momento hasta hoy no tuve oportunidad de rendirle un tributo, no porque no haya ocurrido, sino porque no se dieron las coincidencias para intervenir en algún acto público en el que se le homenajeara. Por eso, tomo también mi participación como una reivindicación a nuestra amistad. Me gustaría que vaya mucha gente para escuchar los textos de Eduardo, que seguramente serán leídos, y lo que podamos decir quienes vamos a compartir la mesa esa noche.

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