Alessandra Pinasco: «Debemos reclamar nuestro derecho a disfrutar de las pocas cosas que hacen lindo el hecho de estar vivo»
Alessandra escribe por pasión y recorre la vida sin miedo a los tabúes, buscando colocar en la palestra aquellos temas que se esconden bajo la sombra, como la sexualidad. De este modo, conversamos con ella acerca de su libro Tan simple, tan puro, así como de sus lecturas, su escritura y los temas que ha decidido abordar sin concesiones.
Por Marco Fernández
Empezaste publicando un libro de poesía, allá por el
lejano 2007. ¿Cómo es que se genera ese salto de la lírica a la narrativa? ¿Se
trata acaso de una insatisfacción o de una cuestión de gustos?
En realidad, sigo escribiendo poesía. De hecho, hace un año,
para el 14 de febrero, Héctor Molina, de la revista Leonardo, me
encomendó escribir un poema para un número especial sobre el amor. Últimamente
he estado escribiendo poesía, pues siento la necesidad de hacerlo. Si bien la
lírica y la narrativa conviven en mí, cada una tiene una motivación y una
pulsión distinta. Cuando escribo un poema es como si tuviese lava por dentro
que pugna por salir —aunque no lo hago de manera catártica—, es una emoción muy
intensa.
De acuerdo, entonces, ¿podríamos decir que la narrativa
es algo más impulsivo?
Menos, diría yo. En mi caso, la poesía es más impulsiva.
La escritura es deleite, algunos llaman gozo y disfrute.
Y algunos, más dramáticos, le atribuyen algo de sufrimiento. ¿Cuál es tu línea
en ese sentido?
No es sufrimiento de ninguna manera, pero eso no quiere decir que sea fácil. Ahora, las cosas difíciles no necesariamente son una tortura. A mí me gusta aprender diversas cosas y creo que por eso toco guitarra —que es un instrumento endemoniado—, lo cual me ha permitido experimentar tropiezos y frustraciones con acordes. En cuanto a la escritura, soy muy exigente con lo que leo y escribo. Hay cuentos que me han exigido muchísima concentración, trabajo y frustración, pero eso no quiere decir que haya sufrido. Es casi como una relación, en la que hay momentos difíciles, pero no significa que eso sea sufrimiento, sino que es aprender algo nuevo. En este caso, aprendí a relacionarme con mi cabeza mientras escribía. Soy consciente también de que es un privilegio tener al interior un motor, como la escritura, que me da tanto gozo.
Y no olvidemos la lectura, que para los «lectófilos» es
el placer por excelencia. ¿Recuerdas alguna que te haya marcado?
Tuve la suerte de tener muchos libros a mi alrededor desde que aprendí a leer. Me acuerdo de que había una edición loquísima de Mariposa de obsidiana, de Octavio Paz, que venía en una caja con unas láminas medio transparentes. No entendía nada, pero me causaba fascinación. También en ese tiempo me obsesioné con libros de Mary Poppins, que son muy peculiares y difieren mucho de las películas. Libros como las Crónicas de Narnia, incluso los Cuentos de Terramar, los consumí ávidamente, tal vez para evadir mi niñez, que fue hermosa, pero con algunas dificultades. Súmale eso al hecho de que en mi casa no había televisión. Mi mamá me castigaba prohibiéndome leer y tal vez por eso no tengo esa relación tan reverente con la literatura, porque siempre fue algo muy próximo. Siento que he vivido rodeada de literatura toda la vida.
Y ahora que hablamos de gozo, de disfrute, ¿cómo es que
decides adentrarte en temas de erotismo y sexo, en medio de una sociedad que
aún lo reprime? Porque, siendo sinceros, no es fácil enfrentarse a ello.
Sucedieron dos cosas. Una es que por algún motivo me di
cuenta de que la sexualidad nos marca y nos forma. Pensemos en cuántas
decisiones tomamos de acuerdo con cosas que queremos experimentar o que nos
pueden haber dañado. Por otro lado, a pesar de que algunas cosas se han
liberado en muchos sentidos, seguimos inmersos en una sociedad que acepta la
violencia sin problema, pero considera al sexo como algo malo y sucio. De
pronto, me encontré escribiendo para otros, capítulos enteros —aunque por mucho
tiempo no pude escribir textos largos—, y me di cuenta de que sí podía hacerlo.
Eso abrió una gran compuerta en mi vida.
Ahora bien, ¿hubo algo de temor al transitar por estos
temas? Vamos, una mujer trayéndose abajo diversos tabúes podría ser un tanto
incómodo. Por ejemplo, y esto es algo que muchas veces ocurre, ¿en algún
momento pensaste en lo que podrían pensar tus amigos, tu familia?
Todo el tiempo sentía pánico. En cuanto a lo que pensaban
mis amigos, no me preocupaba, porque ellos me quieren como soy. Además, todo el
tiempo que escribí (la novela Tan simple, tan puro) les hablaba de mis
historias, por eso me sentí muy apoyada. Lo que sí, tuve mucho miedo de lo que
mi familia podía pensar, especialmente mi familia extendida. Era como que
«cómprenme el libro, pero no lo lean». Mi mamá, por ejemplo, es una persona muy
especial, un alma libre, pero igual tenía reparos. Mi papá no lo ha leído, pero
su novia sí. Mi mamá lo leyó todo y me dijo que le costó hacerlo, porque
terminó muy tocada. He hablado con algunas primas que lo leyeron y les encantó.
Preguntaba lo de tu familia, pues tú provienes de un
hogar lleno de cariño, de protección y también de onda hippie. ¿Eso también fue
determinante?
Probablemente en mi forma de ver el mundo. Algo que mis
padres me dieron, y mis abuelos en cierta forma también, fue la valentía de ir
contra la corriente. Yo he renegado de mi niñez contracultural toda mi
juventud, y ahora más bien digo «qué bien», porque eso me permitió superar mis
temores. Es decir, al escribir Tan simple, tan puro me moría de miedo,
pero no podía dejar de hacerlo porque era como traicionarme. Creo que esa
integridad es una de las cosas que más valoro de mi familia, así como también mirar
la vida con asombro, es decir, no seguir una vida lineal.
John Lennon dijo una vez que «Vivimos en un mundo donde
nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena
luz del día». De algún modo, el ser humano se inclina casi siempre hacia la
violencia, pero es reservado al mostrar su placer.
Definitivamente, porque vivimos en una sociedad muy tanática. Todo el odio que hay detrás de condenar la opción sexual de las personas, obligar a niñas y adolescentes a llevar a término un embarazo, o culpar a una víctima de violación es un odio primordial hacia la mujer, pero también hacia la belleza de la vida. Es una tendencia que busca desconectarnos de nuestro gozo creativo o carnal que nos empodera, y no nos quieren poderosos. Todos esos hechos me generaron tanta rabia que tuve que escribir un libro para darle a la sexualidad el lugar que merece.
Perfecto, pero digamos que en cuestiones sexuales también
se ejerce cierta violencia. Por ejemplo, la cosificación de las mujeres o la
hipersexualización, muy presente en una sociedad como la peruana.
El punto está en el consentimiento y en cuán consecuentes
somos con nosotros mismos. Nuestra sociedad nos conduce a que la sexualidad sea
performática, respecto a que haya una especie de estándar en cuanto a cómo debe
verse una mujer, qué debe proyectar o cómo se debe comportar, cuando eso tal
vez no tiene nada que ver con su esencia. Ahora, hay muchísima violencia
sexual en la sociedad. Sin embargo, dentro de la sexualidad existen componentes
de violencia que son bacanes cuando se manejan bien; por ejemplo, cuando son
parte de un juego que genera confianza en la pareja. Es algo que parece
contradictorio, pero desde hace mucho vengo estudiando las dinámicas de las
parejas que practican el BDSM —término que abarca un grupo de fantasías
eróticas—, y es bien curioso porque luego esas reglas se han aplicado a
cualquier relación, como hablar previamente de las cosas que gustan o los
límites de ambos. Una relación sadomasoquista no es más que un vínculo de
cuidado y confianza mutua.
Precisamente, la literatura tiene obras muy violentas,
como American Psycho de Bret Easton Ellis o El club de la pelea
de Chuck Palahniuk. Ahora, también hay autores que han apostado por el disfrute
a partir del sexo. Alguno de ellos puede que haya influenciado en tu escritura.
Cuando escribí Tan simple, tan puro no tuve ningún
referente de literatura erótica en la cabeza, pero obviamente he leído mucho al
respecto. Puedo pensar en Henry Miller o El amante de Lady Chatterley,
pero no era algo que me preocupara al momento de escribir. Lo único importante
era tratar las escenas de sexo con mucha naturalidad y concentrarme en las
sensaciones, en las emociones, en el ritmo. Si buscaba referentes literarios
era para otras cuestiones. Por ejemplo, en los dos cuentos en los que se explora
las tensiones del personaje entre su realidad que posee privilegios sociales, pero
no económicos, para evitar que fuera algo muy burdo tuve que releer a
Fitzgerald y por momentos también a mi amado J.D. Salinger, pero más por una
cuestión de feeling que por el tema en sí mismo.
Diríamos que esta también es una forma de generar una
revolución. Obviamente, la sexualidad no es tan reprimida como antes, lo vemos
en las diversas manifestaciones sexuales que hay, pero digamos que de alguna
manera el discurso se renueva a partir de estos contenidos, como tu obra, por
ejemplo. Es casi como contestar a un sistema que busca mantener bajo la sombra
estos temas que venimos conversando.
Es chistosísimo que un librito pueda ser revolucionario, y
yo tampoco tengo esa noción de mí misma tan importante como para hacer una
revolución. Sin embargo, sabía que, dado el contexto, había que escribir algo.
Estas pequeñas cosas pueden generar olitas alrededor, sea porque simplemente
alguien lo lee y se identifica con el texto. Entonces, la revolución muchas
veces se hace a través de actos pequeños, como haber escrito este libro.
Hablando de Tan simple, tan puro, en diversas
entrevistas mencionas que surgió de un hastío acumulado por años. ¿A qué te
refieres con ello? Es decir, ¿de algún modo esta obra fue una especie de
liberación para ti?
De alguna manera sí, porque es bastante liberador hacer algo respecto a las cosas que nos fastidian. En mi caso, el hastío venía de cosas muy disímiles, como la calata de Caretas, que a mí como lectora de dicha revista me hizo ver que no era para mí, sino para los que se matan de risa viendo a la «tetona». También el hecho de que en la televisión pasaban escenas de tiroteos y guerras con total normalidad, pero lo relacionado al sexo quedaba escondido. Ahora, la literatura siempre ha sido un señor con terno, hasta hace poco que un grupo de escritoras empezó a tener mucha más presencia. Todos estos rollos en torno al sexo no hacían más que separarnos al impedir que tuviésemos relaciones auténticas y lindas con otra persona y con nosotros mismos. Estas cosas se fueron acumulando durante décadas en mi interior y me daban rabia. Fue como una especie de volcán submarino en el que todo empezaba a emerger y debía salir.
El libro se caracteriza por tener escenas explícitas de
sexo. Pero, alguien podría pensar que se trata de efectismos o incluso de
pornografía. ¿Cuál sería tu comentario sobre ello?
Si hubiese sido discreta en esas cuestiones, no le habría
hecho ningún favor al libro. Más bien, siento que esas cosas que vivimos con
nuestro cuerpo, relacionadas al placer, pero también con la violencia, son
tremendamente gravitantes y, por tanto, hay que mostrarlas como son. No escribí
este libro para que la gente lo lea con una sola mano —y no me molesta que así
sea—, pero el propósito no es escandalizar, sino simplemente decir que es una
experiencia tan importante como cualquier otra, según sea el caso. Además, ya
que hablamos de hastío, uno puede estar en un avión o en el bus y a tu lado hay
alguien que está leyendo un libro de suspenso en el que se describen veinte
crímenes horrendos. Ese es un regodeo en la violencia. Uno no ha matado a
nadie, perfecto, pero cuántas veces has tenido sexo. Ahí se genera una especie
de pudor incomprensible respecto a hablar de esos temas.
¿Tan simple, tan puro es un libro sobre erotismo o
sobre sexo? Indudablemente hay una diferencia entre ambos conceptos.
Siempre digo que es un libro sobre la sexualidad, más que
sobre sexo y de sexo. Tampoco siento que sea literatura erótica, porque no
busca la diversión y el placer en sí. Más bien, es una exploración del rol de
la sexualidad a lo largo de la vida. Puede considerarse un libro sobre
erotismo, sí. Lo erótico es lo que nace en la relación de cada uno con lo que
te da placer. El personaje de este libro transita hacia el descubrimiento de
ese objeto de placer.
El libro puede leerse o como una novela o como un libro
de relatos. ¿Por qué optaste por una estructura un tanto ambigua en ese
sentido?
Porque no me gusta subestimar al lector. No me gusta
explicarle las cosas, licuar toda la comida y darle la papilla con cucharita.
Me gusta dejar espacio para que cada uno pueda llenar los vacíos y descubrir.
Por otro lado, me gustan mucho los retos y es bien curioso porque actualmente
hay un enorme respeto por la novela, pero los cuentos son vistos como algo
menor, cuando es todo lo contrario. La destreza técnica que se necesita para
hacer un cuento es mucho mayor que la que se necesita para elaborar el capítulo
de una novela. El reto en el que me enfrasqué fue que cada capítulo funcionara
como un cuento en sí mismo, y dejar espacio entre distintas partes de la
historia del personaje para que funcionen de forma independiente. La ambigüedad
esconde el misterio, la pregunta.
Tan simple, tan puro es casi una ironía, porque
pareciera que desmitifica al sexo y lo coloca como algo casi cotidiano, es
decir, como un acto que no debería suscitar mayor impresión que la que ocasiona
su práctica.
Es como esa línea de Charly García: «Yo puedo compaginar la
inocencia con la piel». Es tan innecesario todos los rollos en torno al sexo
que recibimos de todas partes desde que somos niños, como lo que le pasa a la
protagonista de la historia. Todo este sufrimiento se genera en torno a algo
que es muy puro. Por eso elegí el título, y por la contradicción en sí misma.
Un libro siempre será un parteaguas, algunos estarán a
favor, otros en contra. ¿Eres de las personas que van cuesta abajo cuando surge
alguna crítica desfavorable? Porque, y créeme, este libro bien puede generar
muchísimas opiniones encontradas.
La lectura es algo muy personal, por tanto, no soy Nutella
para gustarle a todo el mundo. Es gratificante cuando un libro es leído por
alguien que entiende lo que has hecho, pero cuando no es así, sencillamente no
se genera el encuentro deseado entre lector y libro en particular. Si no estuviera
sumamente orgullosa, no hubiera publicado este libro. Ahora, «orgullosa» es una
palabra rara, pero no encuentro otra para definir ese sentir. Es lo único que
necesito saber: que jamás habría dejado salir este libro si es que fuera flojo o
lo que sea.
Para el cierre, ¿por qué nos cuesta hablar tanto de sexo?
No quisiera creer que somos puritanos por fuera y pervertidos por dentro. Hoy,
en febrero de 2026, ¿por qué persiste ese tabú?
Porque nos bombardean con culpa y con la idea omnipresente
de que está mal. Son cosas que recibimos desde muy pequeño, no solo con
palabras sino también con gestos. Todo eso hace que vayamos encerrándonos en
nosotros mismos. Las consecuencias de vivir la sexualidad como algo muy puro
son tremendas en sociedades como esta, y esa va cortando alas y tapando bocas.
Sin embargo, tengo cierta esperanza porque veo en las nuevas generaciones, como
las de mis hijos, que no han crecido con esas represiones. Por eso veo el
futuro con un poco de tranquilidad. Creo que hay un poco de conciencia de que
nos han hecho daño al separarnos de una experiencia que es natural y de
nosotros mismos. Debemos reclamar nuestro derecho a disfrutar de las
pocas cosas que hacen lindo el hecho de estar vivo.






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