Stuart Flores: «Escribo novelas para aprender a escribir»

Toparse con su obra es adentrarse a un mundo que se asemeja a la realidad, pero no lo es. Como si de pronto el espejo nos ofreciese una imagen alterada de la existencia. En la siguiente entrevista, Stuart Flores comenta respecto a la creación de mundos, la novela, los procesos creativos y algunos detalles de sus obras más recientes. 


Por Marco Fernández

El escritor piurano Miguel Gutiérrez asegura que los escritores están muy preocupados por ser lo más realistas posibles, pero han descuidado la creación de mundos, de personajes inquietantes y escenarios fantásticos. En tu caso, ¿eres de los que prefiere crear desde la realidad o gustas más transitar por lo desconocido?

La realidad conocida me sirve como una especie de molde para insertar lo extraño o lo que podría resultar no frecuente. Incluso pienso que es una elección muy natural, porque desde que empecé a escribir siempre sentí esa pulsión por escapar de la realidad. Me cuesta mencionar lugares exactos de calles, descripciones de platos típicos de comida, incluso cuando leo — y esto no es que tienda a rechazar estos libros— mi lectura va por otro lado. Digamos que es un poco más universal, usando bien el término. A decir verdad, lo siento como algo más neutro, porque un hecho puede ocurrir en cualquier lugar del planeta sin necesidad de nombrarlo.

Entonces, podríamos decir que escribir desde lugares comunes resta algo de valor a una obra, en todo caso.

No, porque hay autores que lo hacen bastante bien. Es casi como la autoficción, tan de moda hoy en día, que bien escrita es válida como cualquier género que se maneje con destreza. Diría que hay autores que tienen mayor naturalidad para vincularse con materiales más urbanos y realistas.

Alguno podría decir que es una apuesta arriesgada apostar por un mundo en el que todo es desconocido. ¿Por qué decidiste correr ese riesgo?

En realidad, no corro riesgo alguno porque siempre he escrito sin apoyarme en referentes reales. Digamos que ya me acostumbré a escribir así. Lo arriesgado sería, en todo caso, escribir basándome en referentes más urbanos, porque es algo que no frecuento y los siento muy impropios. Ahora, como bien apunta tu pregunta respecto al riesgo de crear todo desde cero, evidentemente lo es y lo tomé porque me parece divertido inventar las cosas. Que todo esté servido lo siento bastante aburrido.

Tu obra se caracteriza por ser un escape de la realidad, eso lo tengo claro. Y al decir esto pienso en el Yoknapatawpha de Faulkner, en la Santa María de Onetti, en el Macondo de García Márquez o el Derry de Stephen King. Pienso, tú me corregirás en todo caso, que escribir a partir de un espacio inventado da cierta ventaja a un escritor.

Te da ciertas licencias en el sentido que puedes disponer y ordenar el mundo a tu antojo. Los personajes no están obligados a obedecer ciertas normas que existen al otro lado del espejo. Digamos que la mayor ventaja es que se cuenta con una amplia gama de materiales para trabajar dentro de este espacio nuevo. Yendo más allá, aunque se hace siempre y se ha convertido en algo tradicional, puedes inventar autores o libros que no existen, es decir, el juego empieza a tener otros niveles. Si eres más osado, puedes escribir acerca de esos libros que no existen.

Un juego netamente borgeano y bolañiano. Mira que me voy a adelantar un poco a una pregunta que tenía reservada. A veces me atrevo a pensar que tu obra dialoga mucho con el trabajo de Roberto Bolaño, sobre todo en Preludios a los delirios de un joven pianista sin cabeza.

Muchos escritores de mi generación, y quizás de una generación anterior a la mía, son hijos de Roberto Bolaño. Sin embargo, pertenecemos al territorio habitado por Borges, y en tal sentido esas paternidades terminan, en el caso de algunos autores, dando resultados, como mi novela quizás, así como en muchos otros que tengan coincidencias similares respecto a la forma de contar una historia o los retos al momento de escribir. Aunque suene raro, me siento más afín al escritor español Javier Marías. Siento que debería notarse más su influencia en mis textos, pero muchas veces tenemos la mala suerte de que las influencias que quieres que se noten no lo hacen, y más bien relucen otros autores.

En cuanto a tus procesos creativos, que tiene que ver mucho con lo que venimos conversando. ¿Cómo obtienes los temas que vuelcas sobre el papel? ¿Los buscas? ¿Llegan a ti por deslumbramiento?

Particularmente no creo en los temas, pues son pretextos para desarrollar un tipo de lenguaje. En todo caso me importa más cómo se cuenta algo y no lo que se está contando. Los temas van llegando conforme voy escribiendo. Es decir, escribo suspendiendo la conciencia o bajo un impulso inconsciente y a partir de eso se filtran ciertos temas que luego de haber escrito mucho voy reconociendo. Es como cuando uno empieza a conversar sobre algo en específico y termina hablando de algo muy distinto.

Hay algo muy interesante sobre tu obra que me gustaría comentar. Tus personajes están siempre ligados al mundo de las letras, por ejemplo, S en La velocidad del pánico es periodista y encima sospechoso de la muerte de un crítico literario. En Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza, de la cual hablaremos más adelante, Bogdan Tetmajer es un escritor. ¿Hay alguna especie de código en la elección de este arquetipo de personajes?

Son personajes que intentan reflejar mi condición. Quizás lo único en lo que puedo anclarme es en los mundos que conozco, como el espacio del que escribe. Desde ahí hago crecer el árbol, en el sentido de narrar ampliamente a partir de una pizca conocida. Entonces, se me hace como una especie de coincidencia alegre que esto sea así, porque hablar acerca de personajes que escriben hace que se vinculen rápido con el desarrollo literario. Personalmente, y parafraseando a Vila-Matas, me gustan estos personajes «enfermos de literatura», que no es un tema sino una forma de ser y estar en el mundo.

Antes que narrador me parece que eres poeta, y cito a Faulkner que decía que antes que narradores, los escritores deben leer poesía y formarse en ella. ¿Hay algo de eso en ti?

Hace muchos años publiqué algunos poemas, pero más allá de eso, creo mi labor como narrador es mimar el lenguaje, es decir, tratar de pulirlo y llegar a un nivel de exigencia autoimpuesto. Trato no solo embellecer el lenguaje, sino contar algo y sentir que suene bien, al menos para mí. Es decir, que exprese algo de una manera bella. Eso me gusta porque soy muy minucioso en mi trabajo: escribo lento, leo de igual forma, disfruto del lenguaje y me gusta escribir como moldeando la palabra con los dedos.

Hay quienes podrían decir que apelar a este estilo, haría que un escritor cayese en preciosismos, más no en lo esencial que es contar una buena historia.

Al respecto tengo dos opiniones que pueden ser paradójicas. Una es que debe existir un equilibro entre contar una historia y cuidar el lenguaje, que es lo mínimo indispensable en cualquier libro.  La segunda, que contradice un poco a la opinión anterior, es que a mí no me interesan tanto las historias, en el sentido de que me es fácil contarlas. Por eso no me preocupo tanto por la historia en sí, sino más por el lenguaje. Y aquí surge una de las dudas que me acosan constantemente, que es cuando me preguntan de qué trata mi libro, que es básicamente responder qué estoy contando y yo cuento muchas historias. Es difícil responder porque no soy buen vocero de mi libro, pese a que yo lo he escrito, aunque suene irónico. De hecho, pienso que justamente porque lo he escrito no sé explicarlo. Las historias me dejan de interesar para controlar el lenguaje, y luego vuelvo a la historia, en una especie de onda que me va impulsando hacia ambos caminos.

Y ahora sí, quisiera hablar contigo acerca de Preludio. A diferencia de La velocidad del pánico, novela más introspectiva, aquí encontramos prácticamente tu mesa de trabajo, la trastienda de tu escritura. ¿Cómo surge esta novela?

Preludio nació como una breve intención de contar un hecho desde distintas perspectivas. Mi intención primaria era hacerlo de manera breve, pero la extensión se fue incrementando, a medida que los materiales narrativos, los personajes y el lenguaje iban demandando. Increíblemente tuve que someterme a esos llamados.

La novela es el género más ambicioso para un escritor. Y quien se atreve a aceptar este desafío, transita por caminos bastante intricados. En ese caso, me aventuraría a decir que has alcanzado una especie de madurez literaria.

Si hablamos de madurez en cuanto a escribir una novela extensa, quizás sí, pero apuntaría más al hecho de que escribo novelas para aprender a escribir. Considero que estoy en un constante aprendizaje y en algún momento dominaré ciertas cosas que ahora se me escapan de las manos, pero espero que esa madurez no llegue nunca, porque me sentiría acabado, respecto a que ya no publicaría más. Espero ser inmaduro por siempre, para tener la capacidad de aprender hacia el infinito.

Escribes novelas para aprender, me llama la atención esto porque algunos entendidos en temas literarios dicen que la mejor forma de aprender a escribir es a través de los cuentos.

Es que sirve como un medio de aprendizaje. Los cuentos, en mi opinión, tienen otra manufactura, pese a su brevedad. En cambio, dentro del territorio de la novela encuentro otros retos y he descubierto muchas formas de complicarse la vida en este género. Y a mí que encanta complicarme la existencia, la novela me permite hacerlo de manera controlada. Voy aprendiendo conforme escribo y cada proyecto es distinto. Ahora que lo pienso, no me gusta mucho emplear el término «proyecto», porque es hacer referencia a algo que se gesta con mucha premeditación, y lo mío es más que nada inconsciente. Así empezó Preludio: escribía algo específico y terminó convirtiéndose en una novela. Trabajar en un proyecto es casi como imponerse una meta, en cambio, yo escribo para aprender y disfrutar.

Quizás no sea un secreto, pero de igual modo me gustaría comentarte lo siguiente: Bogdan, protagonista de Preludio, es casi tu alter ego. Siento que en la novela confluyen tus concepciones sobre la literatura y la creación.

Hay muchas partes de la novela en las que inserté, a manera de ensayo, algunas reflexiones sobre el género. Son ideas propias, pero se escudan en el hecho de que están en boca de otros personajes. Me gusta la literatura que refleja pensamientos y mientras escribo me gusta que se inserten dentro de lo narrado.

 

 






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