«Carta a mis amigos»: un texto de Rodolfo Walsh
El escritor argentino Rodolfo Walsh es conocido por ser
pionero de las novelas de no ficción y la escritura testimonial. En Carta
a mis amigos, el autor describe el
fallecimiento de su hija María Victoria, tras un enfrentamiento entre el
ejército y los Montoneros, grupo al cual pertenecía. Así, Walsh reflexiona
acerca del deseo de lucha de su hija, pese a que pudo haber elegido otro
camino. Aquí te dejamos la transcripción del texto.
Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María
Victoria, después de un combate con fuerzas del Ejército. Sé que aquellos que
la conocieron la han llorado. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido
de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a
ellos para agradecerles, pero también para explicarles cómo murió Vicki y por
qué murió.
El comunicado del Ejército que publicaron los diarios no
difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era
oficial 2° de la Organización Montoneros, responsable de la prensa sindical, y
su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro
miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron como
ella.
La forma en que ingresó a Montoneros no la conozco en
detalle. A los 22 años, edad de su posible ingreso, se distinguía por
decisiones firmes y claras. Por esa época comenzó a trabajar en el diario La
Opinión y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo en
sí no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal
debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo
Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió cuando
Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella
pidió licencia y no volvió más.
Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto
con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia
convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue
detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco
después. El último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a
relegar toda satisfacción individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas
físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo
a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía
más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos:
no pudo detenerse a llorarlos. La amargaba una terrible urgencia por crear
medios de comunicación en el frente sindical, que era su
responsabilidad.
Nos veíamos una vez por semana, cada quince días. Eran
entrevistas cortas, caminando por la calle, quizá diez minutos en el banco de
una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar,
recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a
ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos
despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada
partida.
Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una
decisión madurada, razonada. Conocía por infinidad de testimonios, el trato que
dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer
prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura
sin límites en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la
degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas
características, el pecado no era no hablar, sino caer. Llevaba siempre encima
una pastilla de cianuro, la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo,
con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la
barbarie.
El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle
Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no
encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos
camisones blancos que siempre le quedaban grandes.
A las siete del 29 la despertaron los altavoces del
Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la
terraza con el secretario político, Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán
respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la
terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido y el cerco. El cerco de 150
hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de
sus hombres, un conscripto.
«El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una
muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada
vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía».
He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca
había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de
instrucción.
Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír.
Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del
dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre
los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del
operativo. A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que
giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.
«De pronto, dice el soldado, hubo un silencio. La muchacha
dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos.
Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita,
tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero
muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. “Ustedes no nos matan”, dijo el
hombre, “nosotros elegimos morir”. Entonces se llevaron una pistola a la sien y
se mataron enfrente de todos nosotros».
Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y
tiró dos granadas. Después entraron los oficiales. Encontraron a una nena de
algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.
En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte.
Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro
camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón y quiero que mis
amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser
deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más
razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió
para ella: vivió para otros y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte
fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de
ella.
Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía
de ellos es que los transmitieran a otros por los medios que su bondad les
dicte.
29 de diciembre de 1976


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