Paul Verlaine: la última carta que escribió para Arthur Rimbaud
En un especial de la revista Arcadia se publicó la transcripción de la última carta que le escribió el poeta Paul Verlaine a Arthur Rimbaud. Como se sabe, ambos poetas llevaron una relación que rozó la tragedia en las vidas de ambos. Aquí les dejamos la misiva fechada en diciembre de 1875.
No te
escribí, contrariamente a mi promesa (si la memoria no me falla), porque
todavía esperaba, lo confieso, una carta tuya satisfactoria. Puesto que nada
recibí, nada respondí. Pero hoy rompo este largo silencio para confirmarte todo
lo que te escribí hace aproximadamente dos meses.
Sigo
siendo el mismo. Estrictamente devoto, porque es la única cosa inteligente y
buena que se puede ser. Todo lo demás es engaño, maldad, estupidez. La iglesia
hizo la civilización moderna, la ciencia y la literatura: hizo, en especial, a
Francia, y Francia se muere por haber roto con ella. Eso está bien claro. Y la
iglesia hace también a los hombres, los crea: me asombra que no lo veas, porque
es de lo más evidente. Durante dieciocho meses tuve tiempo de pensar y repensar
y te aseguro que me agarro a ello como la única tabla de salvación.
Los
últimos siete meses pasados entre protestantes sirvieron para confirmarme en mi
catolicismo, en mi legitimismo, en mi valor agregado.
Me resigno
por la excelente razón de que me siento, de que me veo castigado, humillado
justamente, y que cuanto más dura es la lección, mayor es la gracia y el deber
de corresponder a ella.
Es
imposible que puedas testimoniar que se trata únicamente de una pose o de un
pretexto por mi parte. Siempre el mismo, por tanto. El mismo afecto
(modificado) hacia ti. Te querría ilustrado, reflexivo. Me duele mucho verte
por un camino tan absurdo, tú tan inteligente y tan dispuesto (¡aunque eso
pueda extrañarte!). Apelo a tu repugnancia hacia todo y hacia todos, a tu
perpetua indignación universal, muy justa en el fondo, aunque no comprendas el
porqué.
En cuanto
a la cuestión de dinero, no puedes seriamente dejar de reconocer que soy la
generosidad en persona: es una de mis escasísimas cualidades, o de mis muchas
faltas, como prefieras. Pero dada, en primer lugar, la necesidad de reparar un
tanto, aunque sea poco, a fuerza de pequeños ahorros, las brechas abiertas en
mi pequeño capital por nuestra absurda y vergonzosa vida de hace tres años, el
deber de pensar en mi hijo y, finalmente, mis nuevos y firmes principios,
tienes que comprender muy bien que no me es posible mantenerte. ¿A dónde iría
todo ese dinero? ¡A manos de taberneros y mujeres de vida fácil! ¿Lecciones de
piano? ¿No estaría tu madre dispuesta a pagarlas? ¡Seamos serios!
En las
cartas que me escribiste en abril último ponías de manifiesto con tanta
claridad tus viles, tus malévolas intenciones, que no me arriesgo a darte mi
dirección (aunque, en realidad, cualquier intento de perjudicarme sea ridículo
y esté condenado al fracaso, y te advierto, además, de que recurriría a la
justicia, con pruebas en la mano).
Pero
prefiero rechazar esa hipótesis odiosa. Estoy convencido de que sólo se trata
de un «capricho» pasajero, de una tormenta mental que con un poco de reflexión
serena disipará. De todas formas la prudencia es la madre de la seguridad y
sólo tendrás mi dirección cuando esté seguro de ti.
Por eso le
pedí a Delahaye que no te dé mi dirección y le encargué, si quiere, que tenga
la bondad de hacerme llegar tus cartas
¡Vamos, un
gesto, un poco de corazón! ¡Qué demonios!, algo de consideración y afecto por
quien siempre seguirá siendo -y lo sabes,
Cordialmente
tuyo,
P.V.


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