Adiós a uno de los últimos portentos de la literatura peruana



La partida de Alfredo Bryce Echenique deja una sensación de orfandad en la escena literaria peruana. A modo de homenaje, y como un último regalo, reunimos los comentarios de escritores y lectores que fueron tocados por su obra. ¡Buen viaje, Alfredo!



Jorge Eslava
«Uno cree buscar expresiones que puedan hacer justicia con la vida y la obra de un escritor, pero en realidad lo que buscamos es el sentimiento que nos ha ligado a su vida y a su obra. Con Arguedas y Vargas Llosa no ha sido fácil, demasiada devoción y muchas partículas finas han quedado después de limar el metal de nuestro juicio. Con Ribeyro hay casi unanimidad, su conducta y su escritura despiertan una emoción orgánica, más sólida y afectuosa. Diría que con Alfredo Bryce Echenique me unía una simpatía querendona y dueña de esa complicidad de desacuerdo con la realidad. Él era la síntesis de sus personajes, alguien descolocado pero encantador, entre gracioso y desventurado. Su singularidad residía en sobrellevar con elegancia este disloque existencial. Qué duda cabe que nos ha legado varias obras sobresalientes: su primer libro de cuentos (injustamente subvalorado) y sus novelas La vida exagerada de Martín Romaña, Tantas veces Pedro y, especialmente, Un mundo para Julius, que representa la primera estación fracturada de una experiencia vivencial y literaria del autor. Imagino que toda lectura que haga en clase, de cualquiera de sus textos, vendrá precedida por un quiebre de voz».



Daniel Salvo

«Leí Un mundo para Julius entre los 11 y 12 años. Me enganchó desde sus primeras páginas, pues me hizo experimentar la sensación de ser también un explorador de un mundo muy diferente al de las novelas que había leído hasta entonces. El mundo real y el mundo de la literatura se hicieron uno gracias a Bryce. Pero, sobre todo, su amor al detalle y su capacidad de generar, en un joven lector provinciano como era yo, la sensación de recorrer esos universos; me permitieron acceder a un nuevo universo literario, muy distinto al de la ciencia ficción o la fantasía, pero que me hizo volver a esos géneros con nuevos ojos, y engendró en mí el sueño finalmente cumplido de convertirme en escritor. Me volví, como casi todos sus lectores, un fan de Alfredo Bryce Echenique, leyendo posteriormente sus demás libros, soñando como Pedro Balbuena y sonriendo – llorando con Martín Romaña. El mundo literario en el que finalmente me instalé —la literatura de género— no podría ser más distinto al imaginario bryceano, y sin embargo, siento que esa capacidad inmersiva de su prosa fue una lección de escritura que siempre espero reproducir, incluso explorando la estrella más lejana».



Alessandra Pinasco

«Puedo decirte dónde estaba cuando lo leía hablar con tanta precisión de los abismos que nos separan. El salón en que discutíamos nuestro terco clasismo en «Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tin». La cabaña donde me destruyó la escena final de Un mundo para Julius. Un cuarto de huéspedes en Barcelona, leyendo sobre el viejo somier que obligaba a Inés y Martín a dormir abrazados en una hondonada; al otro lado de la pared el chico que me había comprado un pasaje desde Lima le decía a su amigo cuánto lo decepcionaron mis mechas tan rubias en el aeropuerto.
Pocos reconocen que es una fuerza de boxeador lo que le permite a la ballerina parecer una hoja al aire. Tal vez por eso no hay nada a lo que quiera prestar más atención que a una voz que no se da importancia. Bryce no necesitaba dársela; quién lo necesita cuando el ojo es biónico, cuando la mente es tan brillante que te arranca risotadas, cuando el corazón es así de permeable al silencioso daño de vivir en una sociedad para la que el adjetivo «desigual» queda corto. Cuando esa voz tiene una calidez, una gracia, que solo hace más devastadores los huecos en el estómago». 


Stuart Flores

«Bryce Echenique fue quizás uno de los pocos escritores que resolvió el dilema del tiempo empleado en la escritura —a saber: mientras uno escribe, no está viviendo, y viceversa—. En él se dio aquella comunión del creador que trabaja en su arte y, además, se retira ligeramente de este para ejercer la vida. Ante la disyuntiva de vivir o escribir, Bryce podía tomar ambas opciones a plenitud, de lo que se desprende que el talento narrativo puede —o, incluso, debe— conjugarse con cierto vitalismo. 
El relato de los afectos, la exposición de elementos biográficos y el despliegue de la ironía son, en conjunto, un aporte singular para quienes escriben o pretenden escribir desde el «yo». En lo que a mí respecta, encuentro valioso al Bryce que narra el delirio en la fabulosa Tantas veces Pedro, novela que se nutre muy bien de la sensibilidad posmoderna de los años setenta. Entre sus muchas virtudes, es el aspecto lúdico el que más me interesa. Mientras uno atraviesa sus páginas puede sentir que, quien las escribió, se divirtió mucho al hacerlo. Y esa certeza es, a su vez, un alivio porque ese tiempo que uno ofrece a la escritura puede ser también una forma de disfrutar la vida».


Luis Miguel Espejo

«El mundo de Alfredo Bryce se me presentó con fuerza a mis 18 años. Leer y releer Huerto cerrado, por ejemplo, dejaba a mi vista el mismo sabor que tiene repetir tu peli favorita: aunque te la sepas de memoria, siempre aparece un detalle que te regala verdaderas sorpresas. Bryce era humor exagerado, refinamiento escénico, pincelada luminosa de alegrías, chismes, soledades…  Cuando yo estaba terminando mis estudios —casi casi finales de siglo— decidí estudiar a fondo su obra para mi tesis. Y también decidí salir de Lima. Cargué mi Tercel gris con algo de ropa y mi PC, y me instalé en el Valle Sagrado a leer y releer, a descubrir esos detalles sorpresivos, a gozar de las voces de peruanos y peruanas variadísimos, sinceros en su modo de ser y hablar y actuar. 
Bryce me enseñó que una narración magistral depende de la vida que un autor les imprime a sus personajes. Ellos se encargan de llevarnos a sus décadas decadentes, amistades histriónicas, vicios de familia, a palabras impecablemente elegidas para ojos ajenos. Por eso siento que su «paternidad» es tan numerosa y, en la mayoría de casos, entrañable. Por eso, a diferencia de otros grandes autores peruanos, Alfredo Bryce domina la creación de personajes sinceros, que gritan, celebran, carajean, insoportan y callan… y todo en clave de peruano, ya sea aristócrata, arribista, caído en desgracia o nuevo pobre.
Gracias —de nuevo— por escribir».


Dallana Pahuara

«Llegué a Un mundo para Julius en el momento exacto para dejarme atrapar por la mirada de su autor, una mirada que ahora parte con él y que, me parece, vio al Perú, que no siempre es amable ni justo, con una sabiduría abierta al asombro y con la ligereza de un niño. Sin duda, lo vamos a extrañar. De algún modo, nos vamos quedando solos». 



Ricardo Meinhold

«"Murió Alfredo Bryce Echenique", me escribe mi interlocutor por celular: ¿podrías escribir cuanto ha significado para ti? El trabajo alimenticio me deja poco tiempo para escribir en estos tiempos, así que me preparo para hacerlo en el acto. No puedo. No en este momento al menos. Tengo sed, hace calor. Sin pensarlo camino a mi biblioteca y ojeo nuevamente sus libros. Muchos llegaron a mí a mis veinte años. Recuerdo tantas cosas. En la Biblioteca Nacional escondiéndome de la mirada inquisitiva de la bibliotecaria, molesta porque no aguantaba la risa leyendo Tantas veces Pedro o La vida exagerada de Martín Romaña. La cola interminable en alguna feria del libro junto a mi padre, hace mil años ya, por un autógrafo que en teoría iba a ser para mí y que termino dedicado a él. La molestia de mi mamá que renegaba porque la tenía estresada pidiéndole que me facilitara el dinero para comprar las Antimemorias en un 1993 que ya solo recuerdo por ese libro.
¿Cuánto ha significado para mí? Encontrar en aquella época, cuando era joven, un escritor que escribía con humor, uno que te hacia reír, pero que también te hacía pensar, te hacía llorar. Fue encontrar a un precursor, a un cómplice, a alguien como yo. Porque el humor es el mejor antídoto contra la infelicidad en todas sus formas. Después de todo, él escribía para que lo quisieran más. Y lo quisimos, aún lo queremos».



Alvaro Milla de León 

«El Perú no deja de sangrar. Entre la crisis política, inseguridad ciudadana y la escasez del gas, el destino decide echarnos más sal a la herida. Esta vez, se ensaña con la literatura.  Alfredo Bryce Echenique, uno de los escritores contemporáneos más grandes que hemos tenido, por no decir el más, nos dejó repentinamente.  Sus obras han marcado un hito en la literatura peruana y latinoamericana que hasta la actualidad es estudiada y tomada como referente. Por nada existe el estilo Bryceano que conocemos hoy en día.  Será difícil que surja un nuevo autor que esté a la altura de nuestro querido Alfredito, tanto en estilo como impacto cultural». 





Comentarios

También lee...