Daniel Salvo: «Sospecho que en el Perú la ciencia ficción es denostada porque no tiene muchos cultores»
«Veo este lugar y me produce una gran nostalgia», dice Daniel, mientras entramos al centro comercial Camino Real, en donde confluyen los fantasmas de una Lima que ya no existe. Mientras tomamos una taza de café, Daniel Salvo me cuenta muchas historias que bien podrían ser curiosas distopías. Por ejemplo, en tiempos de Velasco la discusión más importante radicaba en que si se debía permitir el ingreso de la televisión a color en el país. Así empieza esta conversación con uno de los representantes actuales del género de ciencia ficción en el Perú.
Por Marco Fernández
Ray Bradbury decía que «la ciencia ficción es el arte de
lo posible, y la fantasía el arte de lo imposible». Sin embargo, podríamos
pensar que hablar de ambos conceptos es lo mismo.
Desde el ámbito editorial, las secciones de las librerías o
los sellos editoriales tienen los géneros de horror, science-fiction o fantasy,
que es una clasificación clásica. Pero al momento de escribir, los géneros se
acaban mezclando. Por ejemplo, en una novela de vampiros ambientada en el espacio ¿dónde fijaríamos? el límite entre ciencia ficción y terror? He ahí la pregunta.
Ahora que hablamos de esta variante de las novelas de
vampiros, ¿será por eso que el género de ciencia ficción es visto como algo
menor muchas veces y sus cultores como autores marginales?
Yo me pregunto si eso se da en todos los ámbitos y de manera
genérica. Es decir, que en Perú y otros países la ciencia ficción sea considerada
un género menor. Sospecho que en el Perú la ciencia ficción es denostada porque
no tiene muchos cultores y porque lo primero que nos lleva a pensar es en
tecnología. Al ser un país tecnológicamente dependiente y con poco desarrollo,
quizás la ciencia ficción nos haga sentir mayor frustración de la que tenemos.
Permíteme continuar con este desagravio a la ciencia ficción. ¿Será
también que solo se le relaciona con mundos paralelos, viajes en el tiempo,
naves especiales, seres verdes u otros puntos? Estoy convencido de que hay más
posibilidades que reducirla a esa trinchera.
Siempre habrá literatura de ciencia ficción escapista, cosa
que no tiene nada de malo. Escribir una buena novela o cuento escapista no es
solo sentarse a escribir, sino que se necesita arte y ciertas capacidades. En la
historia del Perú debemos buscar la respuesta respecto a la generación de una
cultura que estableció jerarquías en torno a elementos literarios que pueden
considerados en ciertos países —hablando de la ciencia ficción— y en otros,
como el nuestro, no.
¿Será por qué estamos en el Perú?
Definitivamente. El Perú nos genera una cultura particular y
a medida que nos vamos educando absorbemos lo necesario, lo que es útil, lo que
es peruano o no. He conocido autores que tuvieron la suerte de haber estudiado literatura
a nivel universitario y ellos comentan que alguna vez desearon escribir ciencia
ficción o fantasía, pero fueron disuadidos por sus catedráticos, debido a que
consideraban que esos géneros no eran peruanos. Mal que bien, no haber
estudiado literatura no me hizo consciente de esos límites. Se me ocurrió un
día escribir ciencia ficción y no hubo alguien que me detuviera.
Partiendo de lo último que mencionas, sobre que no tenías
límites en cuanto a la escritura de historias de ciencia ficción, entiendo que
llegaste por un tema de curiosidad y satisfacción.
Fue más bien por lo que uno se alimenta literariamente. Vaya a saber por qué en algún momento de mi vida en el que leía a Vargas Llosa y a Bryce, te hablo de cuando tenía diez años, empecé a leer en paralelo aventuras de ciencia ficción que publicaba la editorial Bruguera. Eran unas novelas Pulp básicas y esquemáticas: héroe se enfrenta a villano, lo vence y se queda con la chica. Todas las novelas tenían ese corte y estaban dirigidas al sector de lectores de aventuras. Después tuve la oportunidad de leer a Bradbury, a Asimov, a Lovecraft y de pronto percibí un cambio respecto a un lenguaje más trabajado y una variación en los esquemas. Por ejemplo, si hablamos de Lovecraft, todas sus historias tratan acerca del desastre de la humanidad cuando los dioses antiguos se apoderen del mundo. Sin embargo, para Lovecraft la mayor tragedia del hombre no era ser derrotado por estas entidades, sino que les somos totalmente indiferentes, casi como garrapatas.
Ahora que hablamos de libros y escritura, se dice que un
escritor no debe caer en la creación tipo Walt Disney, en la que las cosas se
crean de la nada. ¿Consideras que esta sea quizá la condición primera para
quienes ingresan a este género? Porque uno a veces cree que escribir ciencia
ficción es hablar de «chiforinfulas» y cosas inexistentes.
El crítico Darko Suvin acuñó el concepto Novum, que es la
característica del relato de ciencia ficción. Se trata de la aparición de un
elemento inexistente (cronotopo) en el tiempo y el espacio donde transcurre la
acción. Imaginemos el Perú del 2026 y que de pronto aparezca un extraterrestre completamente
ajeno a nuestra realidad conocida. Eso convierte al hecho en ciencia ficción.
En los años 80, una novela con teléfonos celulares era considerada dentro del
género, porque los dispositivos eran novedosos. Hoy en día ya no sería así,
porque es un elemento cotidiano. El Novum es un elemento constitutivo de la
ciencia ficción, nada se crea de la nada, sino que es una proyección de lo que
podría pasar. Ese sería el límite y la diferencia de la ciencia ficción y la
fantasía: la probabilidad.
Interesante que haya una especie de tónica profética. La ciencia
ficción tiene este toque de especulación, al punto de que algunos autores y
relatos predijeron acontecimientos y avances tecnológicos. ¿Recuerdas alguno
que te haya marcado?
Lamentablemente, muchos. Pocas veces hay profecías felices
en la ciencia ficción. En cuanto a avances tecnológicos, como la cura contra el
cáncer y la colonización de Marte, aparentemente representan la clave de la felicidad.
Me parece que en Star Trek hay una visión utópica de una sociedad en la
que ya no existe el dinero, es decir, se establece una sociedad post-pobreza.
Sin embargo, dentro de la literatura ha sido difícil conseguir eso, porque las
obras que más destacan son las distópicas. Por lo general, lo que se ha predicho
para el futuro se ha cumplido, pero en su aspecto más lúgubre. En Estados Unidos
nadie imaginó tener un presidente como Donald Trump, que reúne las
características negativas del ser humano, y sin embargo muchas de las políticas
que se están aplicando estaban en una novela de Margaret Atwood llamada El
cuento de la criada.
Tengo una duda. Algunos creen que la ciencia ficción, por
tener ese término acuñado, debe tener un aspecto divulgativo en cierto sentido.
¿Es tan rígida esa condición para incursionar en el género?
Eso evidencia que la realidad en sí es caótica. No es que el
nombre del género haya nacido tras un congreso o discusión, sino por una
etiqueta que colocó Hugo Gernsback, fundador de la primera revista dedicada a
la ciencia ficción. Quizás no es un personaje bien recordado en Norteamérica y
en el fandom, pero tiene el mérito de que haberse dado cuenta de que existía un
tipo de historia diferente a las novelas de terror, del oeste y las realistas, y
que trataban acerca de inventores y del futuro. Es así que Gernsback funda en
1926 la revista Amazing Stories, la cual tenía la etiqueta Scientific
Fiction, cuya traducción correcta es ficción científica, pero los
traductores a veces confunden los términos. Actualmente hay una discusión
respecto a que el género debería cambiar de nombre por literatura especulativa
o literatura de la imaginación, pero pienso que la etiqueta de ciencia ficción
ya caló en los lectores, a pesar de la mala traducción.
¿Solo hablamos de ciencia ficción cuando nos referimos a
hechos que tengan que ver con tecnología y sus consecuencias o va más allá de
eso?
Se dice que el núcleo de la ciencia ficción es la
especulación tecnológica en todas sus variables, así como su vinculación con
ciencias duras como física, química y astronomía. Si uno lee las primeras
novelas del género y sus antecedentes, como Los viajes de Gulliver, se
dará cuenta de que son viajes fantásticos, pero dentro de cierta lógica. Liliput
es el hogar de seres diminutos y Brobdingnag alberga seres gigantes. Pero para
mí el viaje más alucinante es el que realiza a la isla de Laputa, que los libros
de RTV tradujeron como Lupata, para que no generara escozor en los años de la
dictadura española. Esta última es una isla voladora que no funcionaba bajo
criterios mágicos, sino que sus habitantes habían creado una especie de imán
que producía propulsión. Quizás recordamos la obra de Jonathan Swift por su
lado más infantil, pero en realidad pretende criticar a la sociedad de su
tiempo. En el viaje final de Gulliver, Swift abarca toda su visión pesimista de
la humanidad. El protagonista se topa con una sociedad de caballos
inteligentes, en la que los humanos se han degenerado y son llamados Yahoos.
Curiosamente, el servidor Yahoo deriva de esta novela.
Lo que comentas trae a mi cabeza una serie como Black
Mirror, que se centra exclusivamente en las consecuencias de la tecnología
y distopías loquísimas. ¿Ese es el camino por seguir en el género? Pienso
también en películas como District 9, Interestelar, entre otras.
Quizá tiene que ver con el origen de los autores y las sociedades
en las que escriben. Es muy distinto una distopía en una sociedad altamente
tecnologizada que en un país como el Perú. En Inglaterra una vez alguien me
comentó que deberían matar a los arquitectos ingleses, porque las urbanizaciones
son todas idénticas y las casas de la clase trabajadora no poseen personalidad.
«¡Qué feo vive la clase trabajadora en Inglaterra!», decían. Pero ¿nos hemos
puesto a pensar cómo vive la clase trabajadora peruana, donde el empleo es 70%
informal? En una distopía en la que ofrecen comida todos los días a una cierta
hora, donde vivirás en una casa con servicios básicos, pero sin acceso a internet,
si soy un peruano que proviene de una sociedad en la que extorsionan y matan a
cada rato, lo lógico sería irse para allá, porque pueda que para el peruano sea
algo utópico, más no distópico.
Como divulgador científico, ¿no es contradictorio que
escribas de ciencia ficción, sabiendo que a veces se encuentran algunas
inexactitudes en el género? ¿Eso no te genera alguna molestia?
Un crítico español decía que la ciencia en este género es un
decorado. Si lees las novelas de Edgar Rice Burroughs sobre John Carter en
Marte, sabemos que en ese planeta no hay vida, pero la novela lo imagina. Una
escritora peruana llamada Adriana Alarco, que radica en Italia, me compartió un
cuento bellísimo ambientado en Marte, pero su grupo de narrativa la cuestionó
porque en la historia, las lunas del planeta, Fobos y Deimos, no son retratadas
con exactitud, sino que son descritas como hermosas luminarias. Le dije que el
relato estaba perfecto tal cual, porque a uno como lector no le importa la
precisión científica. Ese no es el objetivo del cuento, sino la forma en cómo
se narra.
Subamos a la máquina del tiempo. En un artículo del 2004,
en el que hablas de la edad de oro de la ciencia ficción, mencionas a Joseph B.
Adolph y Juan Rivera Saavedra como protagonistas del apogeo del género en la
escena literaria peruana. ¿Qué significan estos autores en cuanto a tu quehacer
literario?
Forjamos una gran amistad, a los dos los traté personalmente,
más a Joseph Adolph. Lástima que lo conocí en sus últimos años de vida. Pero
también fue gracias al internet que lo conocí, pues publicaba sus cuentos en un
portal que se llamaba Ciberayllu. Fue determinante conocer al autor de una gran
novela como Mañana las ratas, curiosamente me enteré de esa novela años
después de su publicación, porque no salió de Lima. Yo vivía en Ica en ese
entonces. La primera vez que la leí fue por un ejemplar que me prestó el mismo
Adolph. Ahí conocí los avatares de la industria editorial peruana y la vida de
los escritores. La idealización que se tiene de los escritores dista mucho de
la realidad. Me parece que la gente ve injustamente a los autores como seres
privilegiados. Es una actividad contra viento y marea.
Aterrizamos en el presente para hablar de Sangre para
los dioses, tu más reciente publicación. Abarca diversos tópicos, pero lo
más interesante quizá sea esa reescritura de la Historia del Perú y el
desarrollo del concepto de la ucronía. Esto quizá te aleja un poco de tus
primeros libros, porque encontramos un fuerte matiz peruano. Es decir, Ciencia
ficción a la perucha.
Excelente definición, porque se habla de ciencia ficción
andina o geoespacial peruana. «Perucha» es una descripción muy buena. En
aquellos años cuando todavía se utilizaban los grupos de Yahoo, un escritor preguntó
sobre ciencia ficción que no viniera de Norteamérica, cosa que era algo difícil
de identificar. Hoy en día tenemos a Mariana Enríquez, a diversos autores colombianos
y españoles. En el caso del Perú tenemos a Alexis Iparraguirre, Enrique
Prochazka y Adriana Alarco. Es decir, hay una considerable cantidad de autores
representantes del género, a diferencia de mi generación que se formó con Bradbury,
Asimov, Lovecraft, entre otros. En mi caso, tuve como influencias directas a
Bryce y Vargas Llosa, en cuestiones de escritura. Recuerdo una frase de la novela
La tía Julia y el escribidor, respecto a que todo ser humano podía ser
el personaje perfecto de un cuento. Se piensa que estos grandes fenómenos solo
pueden pasar en Norteamérica, pero el Perú no es digno de ser origen de distopías
y ucronías.
Sangre para los dioses contempla conceptos andinos
y problemas tan nuestros como el terrorismo o la corrupción. ¿No te preocupa
que alguien te tome como chauvinista o extremista en ese sentido?
Es un riesgo que corro porque, en efecto, alguien podría
decirme que soy egresado de La Católica, que vivo en San Miguel y qué hago
escribiendo acerca de temas andinos, cosa que me parece de lo más absurdo. Un escritor
tiene la libertad de escribir de todo y desde cualquier ángulo. Mientras una
historia sea bien contada, ese es el límite.
Muchos se autoproclaman escritores de fantasía y terror,
algo así como decía Bolaño respecto a que todos decían haber leído a Petrus
Borel, pero pocos saben lo que es leer a Petrus Borel. En este caso, hay
quienes dicen escribir sobre terror, pero pocos saben lo que es eso.
Lo que puede causarle terror a un peruano quizá no surta el mismo
efecto en un ciudadano extranjero. ¿Por qué funcionó en su momento El
exorcista? Pues porque en Estados Unidos la gente creía estar en un país seguro
y desarrollado, por lo que esta aparición fue casi como una irrupción a la
tranquilidad. En cambio, en el Perú, el ciudadano en lo último que está
pensando es en el diablo. Hace unos años, en la cuadra donde vivía, un grupo de
cristianos evangélicos mostraba a mujeres poseídas. Yo pasaba con mi bolsita de
pan y veía que los predicadores gritaban oraciones para liberar a las mujeres
de los espíritus, y daban gritos muy fuertes. Eso es el diablo en el Perú. Nos afecta
la economía y otros problemas, menos él. Crear terror en el Perú es difícil,
porque no somos una sociedad desarrollada.
Crear terror en el Perú es difícil. Y ciencia ficción,
¿también?
Si la idea es limitar la ciencia ficción a los moldes
clásicos de avances tecnológicos, sería más que difícil, absurdo. Pienso en el
caso de Clemente Palma, que tiene un cuento titulado «El día trágico», que
coincidió con el paso del cometa Halley en 1910. El relato especula que la cola
del cometa envenenaría a la tierra con gas cianógeno. El cuento juega con la idea
de la extinción humana ¿Quiénes son los protagonistas? Una señora peruana y su
hija que está casada un ingeniero norteamericano. Es decir, el mismo Clemente
Palma asume que los peruanos no pueden ser protagonistas y que aquí no hay nadie
con la suficiente capacidad tecnológica para hacer lo que el protagonista
realiza en el cuento: un refugio para evitar la extinción. Si vamos a ese límite, respecto a que solo los
países desarrollados son los que crean, no se podría desenvolver la ciencia
ficción en el Perú.

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