Sobre «Harmonices mundi». Un texto de Ana María Gazzolo
La poeta e investigadora peruana participó de la presentación del poemario de Eduardo Chirinos, con un texto que resalta las principales características creativas del autor.
Por Ana María Gazzolo
Escribe Eduardo Chirinos en la nota introductoria a Harmonices mundi
que, componiéndolo, buscó que cada una de las pinturas de Miguel von
Loebenstein le «hablara en voz baja del ritmo que guía el color, de la rigurosa
geometría del verbo, del número que gobierna la música» (p. 11). En el
acercamiento a la obra plástica del amigo se produce la inmersión en el
universo de imágenes del que brota la palabra poética que, a su vez, es intérprete
y creadora. Es decir, lo que leemos puede ser visto, según los casos, como una
descripción o como el vuelo imaginario propiciado por los planos de color y la
disposición de la materia adherida sobre dichos planos. La primera edición de Harmonices
mundi (Sevilla: Point de Lunettes, 2016) no comprendió la publicación de
los collages de von Loebenstein, razón por la cual los textos de Chirinos se
leían de otra manera, aun sabiendo que la fuente creativa se hallaba en la
visión de las piezas en técnica mixta de Miguel. La edición que hoy presentamos
propone un conocimiento distinto del conjunto poético y de su proceso.
Por esa razón, quisiera proponer leer Harmonices mundi como una
forma de diálogo —Eduardo habla de conversación— entre la obra plástica y la
obra escrita. Es cierto que la plástica antecede a la escrita y que ese primer
acercamiento ha sido el de dos soledades ante la experiencia de crear, pero,
como en todo diálogo, una intervención alimenta a la otra. Y hay un aspecto que
en Harmonices mundi se hace patente y es el de dos creadores que aceptan
el juego como elemento decisivo en sus creaciones. Aunque la precedencia en el
tiempo es inobjetable, la obra escrita resignifica la obra plástica, por lo
cual, en el conjunto que es este libro, no es posible leerlas de manera
separada. Estamos, entonces, ante el encuentro de dos expresiones artísticas
que involucra los sentidos de la vista y del oído, y que conecta la imagen plástica
con la imagen poética. Pero esta es una conversación singular, que no se
instala en lo inmediato y no se mide en el tiempo, más bien conquista un
espacio, el de las páginas de este libro. Lo que experimentamos es el
desplazamiento de la mirada desde la visión de la pintura a las palabras del
texto, y desde este nuevamente a la imagen. Pero las palabras del poeta no
cuentan con la reacción del artista que se haga visible en las imágenes, o,
mejor dicho, no las transforma materialmente, aunque está en cada uno de
nosotros comprobar si algún tipo de transformación se produce. Esa conversación
actúa en quienes leemos, y somos nosotros quienes llevamos a término ese
diálogo, o lo percibimos, interviniendo en distinto grado.
La armonía es un concepto fundamental en el tratado de Kepler, cuyo título
han adoptado Chirinos y von Loebenstein. El astrónomo del siglo XVII entendió
el universo y el movimiento planetario como un conjunto gobernado por la
armonía de las esferas y concibió que los cuerpos celestes son una forma de
música, pues cada planeta de los entonces conocidos produce un tono musical
diferente durante su movimiento, relacionado con la dimensión y la velocidad de
sus órbitas. Y esas notas se conjugan armónicamente. En el Harmonices de
Eduardo y Miguel, la armonía involucra el universo de la palabra poética y el
de la imagen, donde ritmo, tono, color y formas geométricas evocan el
ordenamiento de los astros.
La mirada que descubrimos en los textos de Eduardo Chirinos no obedece
siempre al idéntico punto de vista ni se resuelve en un solo tipo de relación
con la imagen. Es decir, hay textos en los que prevalece la descripción y otros
en los que se perfila una historia; en unos se libera un espíritu lúdico, en
otros surge la reflexión e, incluso, el desarrollo de algunas imágenes nos
traslada a un ámbito onírico. Por eso creo necesario que nos detengamos en
algunos de estos poemas: formas de la asimilación de la propuesta pictórica y,
al mismo tiempo, recreación exclusiva del lenguaje poético.
En «Acontecimiento» (p. 17), la palabra poética contrasta la impresión
estática de la pieza pictórica con la ilusión del movimiento. El poeta ve que
los cuatro rombos entran y salen, van y vienen, sobre la forma rectangular que
les sirve de apoyo. Pero les atribuye incluso una identidad y una denominación
que enriquece su sentido porque dejan de ser puramente formas: a uno lo llama
misericordia; al segundo, indiferencia; al tercero, dolor, y el cuarto,
innominado, queda abierto y proyectado a un «desierto inacabable», una visión
de lo infinito que podría recibir varios nombres.
«Música de las esferas» (p.35) parte probablemente de una clara división en
dos de la pieza visual sobre la que se distribuyen círculos de variados
colores. El texto poético se divide, a su vez, entre la negación y la
afirmación, las imágenes rechazadas y las aceptadas con carácter exclusivo.
Chirinos alude a lo circular con las primeras (ostras, manchas, ojos), y a lo
espinoso o puntiagudo con las segundas (huso de espinas, erizo) que, al moverse
sobre su eje, trazan círculos y producen música no audible sino «para quien
sepa escucharla», como el sonido anunciado por Kepler en su teoría.
«Danzantes de tijeras» (p. 39) tiene en cuenta la disposición de los
personajes aludidos en el collage, uno frente al otro, aunque imagina la
competición extendiéndose en el tiempo; es decir, el poema añade duración a la
imagen detenida. «Bajo el sol magenta se preparan dos
danzantes de tijeras», leemos al inicio, y «Bajo el sol magenta agonizan dos
danzantes de tijeras» dice al filo del cierre, en una progresión que evoca la del poema «Los reyes
rojos», de José María Eguren.
En «Harmonices mundi» (p. 43), en cambio, Eduardo escapa al estímulo visual
y no se sirve de los elementos pictóricos para describirlos o para
interpretarlos. En realidad, tanto poeta como artista plástico se acercan de
manera personal a la obra de Kepler y lo que en la pintura de Miguel se
resuelve en una composición tripartita, casi totémica del universo kepleriano,
en el texto de Eduardo es prácticamente una escenificación sucinta en la que Kepler
actúa, pues tararea un motete de Orlando di Lasso, organiza planetas y escucha
cañonazos. En este breve texto confluyen
la maravilla del universo, el color, la música y el ruido de la guerra.
Los nueve versos de «Había una vez» (p. 47) se proponen como inicios de
relatos diferentes, a pesar de la relación que se establece entre ellos debido
al encadenamiento de los motivos surgidos de la observación de la pintura. Sin
embargo, es el título de esta en el que se apoya la idea compositiva que, como
ya he mencionado, apunta a sucesivos comienzos, pero también a una relación
especular, pues los elementos de los primeros cinco versos revierten en los
siguientes. Y es, finalmente, ese lado juguetón de Eduardo el que cierra un
poema que habría podido quedar abierto: «Había una vez un astro rojo que
aprendió de memoria este cuento y se lo comió todo.».
Quiero concluir mi comentario con «El jardín del poeta» (p. 61), un poema
en prosa que trasciende la imagen que le da origen y asume el rol de una
poética en clave simbólica. El único, además, en el que se manifiesta un «yo» en su calidad de amante del jardín en cuanto poema. El paralelismo entre el
jardín y el poema involucra sus respectivas composiciones, sujetas a ajustes y
a desconocidos estímulos y sonoridades, y más precisamente, ese misterioso
crecimiento de la vida de las palabras que rehúye la corrección de las tijeras
y admite también «flores malsanas».
Pero dejemos que las palabras del poema lo digan.
«Todo jardín es poema. Rectángulo pulido por tijeras de jardinero, surcos
milimétricos y exactos que permiten el ritmo y la danza. Resoplido de bueyes
que se detienen para volver a empezar. Amo esos jardines donde las palabras
germinan en silencio, esa música extraña que escapa a las más vigilantes y
aceradas tijeras. Todo poema es jardín. Rectángulo de imágenes donde el ojo
vibra y el oído aguza la inteligencia. Sintaxis de flores malsanas y sucias
donde nos embriagamos para mayor claridad».



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