Jack Martínez: «Una buena obra parte de algo que el autor conoce muy bien»
Conexión establecida. Jack desde Estados Unidos, yo desde Perú. Nos separan kilómetros y una delgada franja entre nuestras ventanas de Zoom. Me recibe con amabilidad, y aunque viene de dictar clases durante varias horas es notorio su entusiasmo por hablar de temas que, cómo el mismo dice, merecen su espacio. Así empezamos esta conversación cargada de recuerdos, nostalgias y amores plasmados en la obra de una de las voces más frescas de la escena contemporánea.
Por Marco Fernández
Dice Stephen King que «los monstruos y los fantasmas son reales. Viven dentro de nosotros y a
veces ellos ganan». Pienso que ese es el principal insumo de la literatura, es
decir, escribir desde lo que nos quema, desde lo que nos causa temor.
No sé si hablar de
la literatura general en ese sentido, pero desde la literatura que a mí me
interesa, sí es el núcleo. Le añadiría además la cuestión traumática, es decir,
el miedo de que el trauma se repita. Algo que les digo a mis estudiantes de
escritura creativa es que vuelvan a sus traumas, ya que la escritura puede
canalizar de alguna manera esas heridas. Cuando escribes desde el trauma transmites
una verdad, que no es lo mismo que la realidad. No me refiero a la autoficción,
sino que, si partes de un recuerdo y a partir de eso haces ficción, a pesar de
que se trate de un mundo inventado tendrá en su esencia una verdad, es decir, algo
profundamente humano.
Todas estas
cuestiones causan estragos en el ser humano. Pero también hay monstruos que
asustan más que seres abominables y me refiero a la pobreza, a la marginación y
la injusticia. Lo curioso es que muchas veces estos males aparecen en la
infancia de forma inofensiva, pero dejan una gran marca.
Totalmente. Estás
entrando al terreno de la obra que he escrito hasta ahora. Pienso que la niñez
es la etapa en la que se reciben los primeros golpes. Como dices, no lo tomas
en cuenta en ese momento, porque no parece tan real. Sin embargo, conforme
pasan los años, al llegar a la adultez te das cuenta de que continúan presentes.
De pronto se vuelven una obsesión consciente o inconsciente que hace retomar el
pasado a través de la escritura y el arte en general. La pobreza y la migración
son dos flagelos que me han perseguido y de alguna manera he tratado de
liberarme a través de la escritura. Creo que cualquier persona que ha sufrido
carencias económicas entenderá que el miedo de volver a ello permanece.
Me detengo en la
pobreza, que es un mal endémico y sistémico. De alguna manera es un tópico recurrente
en la literatura. En tu caso, ¿qué papel juega este mal que aflige a muchas
personas no solo en Latinoamérica, sino incluso al interior de las grandes
potencias del mundo?
Ha sido un rol
fundamental para mi escritura. Por ejemplo, en Bajo la sombra, mi primer
libro, la pobreza y la marginalidad son desencadenantes de la violencia urbana
y la degradación humana. Esto se da en diferentes latitudes y, en ese sentido, Sustitución,
mi segunda novela, habla de cómo esa pobreza dentro de los Estados Unidos
también lleva a otro tipo de trastorno. Tiene que ver más con lo mental. En mi
última novela, se encierran ambas historias previas, pero la pregunta gira en
torno al amor. En un ambiente de pobreza, ¿hay espacio para enamorarse y tener
una historia romántica? Cuando no hay un techo, cuando no hay agua, cuando no
hay dinero para comer, ¿es posible?
Y estas
historias son atravesadas también por la migración, una de las crisis latentes
en el mundo. Tú has vivido la migración de La Oroya a Lima, de Lima a Estados
Unidos. En tu escritura es patente este problema, que junto con la pobreza corren
en paralelo.
Hay muchos tipos de migración. La migración económica es una de las más críticas en el mundo. Por supuesto hay otros tipos como las provocadas por la guerra o la violencia extrema. Yo era niño cuando mis padres me sacaron de La Oroya para llevarme a Lima, estamos hablando en el contexto de fines de los 80, época del terrorismo en la que mucha gente escapaba de la muerte en las provincias. Muchos venían de Ayacucho, de la selva, habían niños sin padres, era una migración que tenía distintas aristas. Esa primera migración fue la más dura, porque me permitió ver una especie de crisol de lo que era el Perú pobre. Así, me permitió entender los diferentes acentos, costumbres, lenguas y colores entre personas que habitaban el mismo espacio y compartían las mismas carencias. Las aprendí a la fuerza y me tocó crecer en medio de esa dureza. La migración también es una oportunidad de crecimiento personal y social, pero deja marcas.
Me atrevo a
pensar que tu proceso creativo parte de heridas no cicatrizadas, de ciclos por
cerrar y de la influencia de estos males enquistados en alguna parte de tu ser.
Cuando escribo no
pienso en lo que me aqueja o lo que puede o no ser ficción. Yo trato de
escribir ficción e inventar espacios. Pero luego ocurre que me doy cuenta de que
hay temas que se repiten siempre, como la migración, la precariedad y la
carencia, que marca la estructura social de las novelas que escribo. Después de
hacer una evaluación de mi escritura, gracias a entrevistas como esta, descubro
que efectivamente son heridas y que solo al final saltan a la vista. Por
ejemplo, cuando escribí Te he seguido (Dendro Editores) mi tercera novela, yo tenía una
idea clara de los fantasmas que rondaban y decidí por primera vez enfrentarlos
directamente. De alguna manera, esta historia es la más honesta, porque sabía
con lo que iba a lidiar.
Demos un poco de
luz a esta parte sombría que era importante revisar y comentar. ¿Cómo es que en
medio de estas turbulencias te acercas a la literatura y a aquellos autores que
más adelante se convirtieron en los faros que te ayudaron a levantar tu universo
literario?
Debo decir que no
solo la cuestión textual ha sido el pilar de mi escritura, sino también la
literatura oral. Mi casa no estaba llena de libros, de hecho, yo fui el primer
miembro de mi familia que accedió a ellos y a la universidad. Mi formación
literaria tiene que ver mucho con la narrativa oral, es decir con los cuentos que
narraban mis abuelos y mis padres. De adolescente, lo que más escuchaba era la
radio. Como sabes, la radio te obliga a formar imágenes en la cabeza, sea
noticias o partidos de fútbol. Particularmente me acuerdo de los partidos
porque los escuchaba e imaginaba la cancha y la posición de los jugadores. Cuando entré a San Marcos, que fue como otra
gran migración, cambió mi perspectiva gracias a que conocí a escritores de
carne y hueso. Así, me fui enamorando de la literatura, empezando por la poesía.
Me enseñaron a leer a César Vallejo y me
enamoré de la poesía de Emilio Adolfo Wetsphalen. Cuando
conocí a la generación del 50 descubrí que yo quería escribir así. Conocí Los
inocentes de Oswaldo Reynoso y Los cachorros de Vargas Llosa. Creo
que mis grandes referencias nacionales tienen que ver con lo urbano-marginal y Reynoso es como la cabeza de esa influencia. Después vinieron influencias
latinoamericanas como la obra del escritor chileno Pedro Lemebel, Fernando
Vallejo de Colombia y Rubem Fonseca de Brasil.
Ahora que
hablamos de autores como Fonseca y los portentos que mencionas, optaste por la
novela como medio de expresión literaria. Cuando pienso en tu obra, es
imposible que no lo relacione con Manuel Scorza, con Arguedas incluso, porque
hay un fuerte componente poético y de compromiso con tus escritos. ¿Cuántos
autores más desfilan por tu trabajo y que quizá se me ha pasado mencionar? También
eres «Wetsphaliano», pero esa ya es otra historia.
Es correcto lo que
dices. Para mí, Scorza es el escritor más importante de la literatura peruana. No
digo que sea el mejor, sino el más importante, que es muy diferente. Vargas
Llosa en técnica es un monstruo, pero Scorza metió las manos en el Perú directa
y profundamente, como no lo hizo Vargas Llosa y con mucha más solvencia
literaria que Arguedas. Scorza es la síntesis de ambos, con una pericia técnica
muy sofisticada en términos literarios, y con un compromiso real con las
grandes heridas del Perú. También está César Vallejo, algunas líneas de mis
trabajos le deben algo a él. El primer autor que me cautivó de joven fue
Abraham Valdelomar, un escritor que cuidaba mucho el estilo y que tenía una
imaginación bárbara. Para salir un poquito de la narrativa, también tengo un
espíritu ligado a Mariátegui y a González Prada, es decir, algo contestatario.
No sé si lo transmito, pero cuando escribo me siento empujado por ese espíritu.
El resultado, los lectores dirán.
Bueno, el solo hecho
de escribir ya es una cuestión contestataria. Eso me lleva a la siguiente
pregunta. Sustitución y Bajo la sombra van en ritmos paralelos,
pero digamos que, en la primera, ese nombre es sugerente porque la novela trata
de la redención de un padre ante su hijo. De hecho, creo que en esa novela se
plasman esos monstruos de los que hablábamos al principio.
Ocurre algo
interesante con Sustitución, porque llegué a combinar los temas
profundos que quería tocar, pero en dos espacios diferentes. Por un lado, está
el Perú, pero por otro lado emerge Estados Unidos. Entonces pensaba cómo
plantear un hilo conductor entre dos sociedades tan distintas. A pesar de ser
una novela breve, Sustitución fue un gran reto en términos técnicos porque
debía encontrar la manera de establecer conexiones mediante personajes
diferentes, mientras la novela está escrita en primera persona. En tercera
persona hubiese sido más fácil, pero en primera solo tienes una voz. La pregunta
fue cómo hacer para hablar de la cuestión migratoria, por ejemplo, siendo uno
el protagonista. Técnicamente fue muy difícil.
En Te he seguido se expanden los temores y los fantasmas
del pasado en gran magnitud y tiene una característica interesante: el amor. ¿Cómo
surge la idea de introducir un tópico literario tan recurrente?
Bueno, porque me
enamoré (risas).
Lo sabía, pero
quería que lo dijeras.
Me enamoré en ese
ambiente, es decir, jugando a las escondidas en zanjas que abrían para los desagües,
escondiéndome junto a la niña que me gustaba, mientras rogaba que no nos
encontrarán para quedarnos juntos todo el tiempo posible. Esa es la respuesta
honesta y directa, pero desde los ojos de alguien que escribirá sobre eso,
revisité ese tiempo y pensé acerca de cosas que hasta ese momento no se me
había percatado. ¿Hay futuro para el enamoramiento en esas condiciones? Mientras
el protagonista es un romántico que cree que el amor lo puede todo (al menos al
inicio de la novela), la chica de la cual se enamora es una persona más
golpeada que él y más realista en el sentido de que sabe que ese amor no tiene
futuro.
Sabemos que
muchas de las cosas que se escriben son autobiográficas. Te he seguido
parece que guarda mucho de ti, incluso me atrevo a pensar, y creo no
equivocarme en ello, que Javier es una especie de alter ego tuyo. Entonces, ¿tu
proceso creativo parte de la vida misma y solo con ese insumo? O también entra
un poco de ficción en este asunto.
En esta novela sabía
lo que iba a escribir, a diferencia de las anteriores, las cuales abordé intuitivamente
(es una de mis formas favoritas al escribir). En Te he seguido
aparecieron muchas imágenes del pasado. Una de ellas, por ejemplo, fue la vez
que llegué a Lima, específicamente a San Juan de Lurigancho. No había luz, era
de noche y estaba tan oscuro que debía tantear con el pie antes de dar un paso.
Yo era niño y todo eso me impresionó. Decidí tomar todos esos momentos para
usarlos como esencia para el capítulo, pero de ninguna manera como un capítulo
completo. Todas las páginas que rodean a ese momento son ficción. Mi novela es
ficción con anclas fuertes en lo biográfico, pero si tenemos que hacer un
balance entre si es autoficción o ficción, yo diría que es lo segundo, pues
tiene elementos que buscan darle forma y coherencia a ese evento específico.
Se agradece que
haya dosis de ficción en esta historia, porque hay una tendencia actual en la
que se tiende a despojar a las historias de los elementos ficcionales.
Definitivamente
trato de apartarme de esa etiqueta. Para mí, la ficción tiene que ver con la construcción
de mundos, personajes y d un pasado y futuro específicos. Si me vas a contar tu
historia tal cual ocurrió, entonces estaríamos hablando de un género distinto
que no está mal, pero al mismo tiempo, brillar desde la perspectiva de alguien
que trata de construir algo, me parece bastante limitado, porque no estás
explorando más allá del lugar seguro y conocido. No es como salir a la cancha y
enfrentarte a lo desconocido aplicando estrategias distintas. En ese sentido,
prefiero cultivar la ficción.
Considero que es
un logro que tu novela no caiga en un tono panfletario, porque hay mucha
denuncia, pero con un toque sutil y literario. ¿Es difícil conseguir eso cuando
se desliza sobre heridas muchas veces abiertas?
Es muy difícil. Yo
escribía reseñas en un periódico cuando tenía veinte años y si encontraba un
libro que hacía denuncia social, pero que literariamente no era cumplidor, lo
destruía. Al momento de escribir tomé consciencia de que pasé a ese lado y pensé
«¡carajo!, ojalá lo haga bien» (risas). Primero es la literatura, es decir,
levantar una historia bien contada, con personajes que tengan un pasado que
justifique sus presentes, que el lector siga leyendo porque quiere saber que va
a ocurrir con esos personajes y no porque desee verificar que más dice el autor
acerca de la pobreza o de la guerra, o de la política. La historia está por
encima de todo y con eso podemos volver a Scorza. Él denuncia cosas
fundamentales, pero lo hace con una literatura maravillosa. Nadie podría decir
que Scorza es panfletario, pero al mismo tiempo es muy difícil apartarse de
ello.
Hay algo que
deseo preguntarte desde que empezamos la entrevista. Y es que, tú eres un autor
que radica en Estados Unidos. Digamos que tienes cierta autoridad para hablar
de dicha cultura. Pero, un escritor que vive en Perú y conoce otros países por
libros, películas u otros medios, ¿tiene la misma autoridad para ambientar sus
historias en otras sociedades? Se me ha quedado muy enquistado ese dicho de “se
escribe sobre lo que se sabe”.
Desde mi posición de
escritor, no funcionaría tratando de escribir sobre Japón y Brasil. En
principio, cuando he leído cosas así he notado mucha superficialidad, aunque
uno puede escribir de lo que quiere. Voy a un caso extremo, hablando de lugares
que uno no conoce. Incluso en ciencia ficción, cuando un autor habla de un
planeta X o de un año tres mil o cuatro mil, si es que es un clásico verás que
no habla del planeta en sí, sino de una sociedad específica, al igual que no se
establece en un año futurista, sino en un contexto expresado en clave. Es
decir, coloca escenarios y años distintos, pero en realidad está describiendo
el presente y su contexto. Una buena obra parte de algo que el autor
conoce muy bien. Es decir, puedo hablar de Marte, pero en realidad estoy hablando
de la guerra civil de Estados Unidos. Si un lector peruano aborda El proceso
de Kafka, podría sentirse muy identificado con todo lo que ocurre ahí. En términos universales, Kafka
puede transmitir a cualquier lector sus ideas acerca de lo que escribe, pero el
efecto inverso, en cuanto a escribir sobre algo que no conoces, tarde o
temprano paga consecuencias en la lectura.
La pregunta del
estribo. Roberto Bolaño decía en un cuento que «de la violencia uno nunca se
escapa». ¿Tú consideras que has podido escapar de ella?
Esa frase está en «El
ojo Silva». Es muy interesante porque El ojo, que es el protagonista, empieza
diciendo que quiso escapar de la violencia en Chile, pero uno jamás escapa de
ella, especialmente los que nacieron en Chile y eran jóvenes cuando cayó
Allende. Ese cuento me marcó pues pienso que no solo nunca se escapa de la
violencia, sino también de la pobreza y la precariedad. En general, la cosa no
ha cambiado mucho desde la época de Bolaño. Basta ver cómo está el Perú o la
situación en Estados Unidos. Lamentablemente seguimos siendo perseguidos por la
violencia, al menos en el Perú se terminó con el terrorismo y ahora se enfrenta
una cosa que es imposible de creer. Definitivamente, esa frase de Bolaño guía a
mis personajes y la situación en nuestros países.





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