Horacio Hidalgo: «El oficio del escritor es trabajar sobre desafíos»
En un café miraflorino, Horacio espera con el gesto adusto que lo caracteriza. Al saludarnos, la seriedad se transforma en camaradería, la misma que motiva a dos conocidos a iniciar una conversación pendiente. En la siguiente entrevista, conoceremos un poco más acerca del novelista Horacio Hidalgo, sus obsesiones literarias, sus pesimismos (que son una especie de optimismo evidente) y su más reciente publicación.
Marco Fernández
Se cree que un escritor empieza componiendo cuentos, para
luego dar el salto hacia la novela. ¿Hablamos de una realidad o un mito?
Creo que ambos formatos tienen dificultades muy distintas. A
simple vista puede parecer que los cuentos son más fáciles de escribir, pues por
lo general tienen una extensión mucho más limitada que la novela. La verdad no
es tanto así, porque hay que tener manejo de la tensión narrativa y de las situaciones
que se piensan describir en la historia, cosa que entraña de por sí una dificultad
muy distinta a la que se plantea cuando uno escribe una novela.
Entonces hablamos de complejidades que van más allá de la
extensión de las historias. Es decir, la intensidad de un texto no se mide por
cuantas páginas ofrece al lector, pues aún se tiene esa percepción, por más que
los escritos entrañen tópicos como los que mencionas.
En la novela hay mucho más espacio para desarrollar la psicología
de los personajes, lo cual puede ser un poquito complicado, pero a la vez es
también bastante más fácil hacerlo que en un cuento. En el caso de los relatos
cortos, uno debe ser económico en el empleo de sus recursos. En el cuento hay
que ser preciso en cuanto a qué se dice y qué no. Como verás, son animales
totalmente distintos, sin embargo, no creo que por ello un género sea más fácil
de dominar que otro. Una novela puede tomar años de trabajo, pero eso no es una
dificultad. En todo caso, la complicación sería mantener el ritmo, no perderse
en las bifurcaciones que encuentra una historia y mantener la unidad de sus elementos.
Finalmente, el oficio del escritor es trabajar sobre desafíos.
Entonces ¿por qué se endiosa la novela? ¿Por qué razón es
que alguien con deseos de escribir una novela se aventura hacia el cuento, aun
cuando no es su registro? ¿Es por un tema técnico, o quizás de egos?
Creo que tiene que ver básicamente con la extensión del
formato. Creo que escribir teatro también tiene sus dificultades, escribir poesía
lo mismo. Pero, dime tú si se puede decir que los cuentos de Borges o que los
cuentos de Cortázar son inferiores, en calidad, a la mejor novela de Vargas Llosa.
Yo tengo serias dudas. Incluso dentro de la novela, si hablamos de extensión, una
de las novelas que más disfruté fue Pedro Páramo, que es bastante corta.
Entonces todo es relativo. No vale la pena endiosar un género, y ni siquiera
dentro del género endiosar un tipo de novela simplemente por su extensión.
La novela es un género en crisis, por así decirlo, debido
a que en esta época contemporánea la mayoría de los autores se han obsesionado
con la novela total. Y aquí entra un tema netamente borgiano ¿qué encontramos
en la novela que no se podría encontrar, por ejemplo, en los cuentos?
Por lo que he podido ver respecto a la literatura que se hace en la actualidad, y ya no me refiero a los formatos, sino al tipo de lenguaje empleado, se apuesta por frases cortas que tienden más a lo lacónico que a los grandes desarrollos y a las grandes frases subordinadas. Creo que ese tipo de lenguaje solo puede engendrar formatos de menor extensión. Hay autores que hace poco publicaron novelas extensas, como Jeremías Gamboa con El principio del mundo, una novela muy leída y de una extensión bastante inusual para lo que se produce hoy en día. Ahora, quien fue reconocida ampliamente con un premio muy importante fue Samantha Schweblin y ella es básicamente cuentista. Hasta donde sé, maneja un lenguaje bastante conciso, no es una cultora de la frase larga y tampoco la veo gran admiradora de Proust ni de Faulkner en tal sentido. Seguramente ha sido muy lectora de Carver o de escritores de ese jaez, que cultivaron la concisión en la frase corta, casi telegráfica.
Acabas de mencionar algo importante: el tema de Faulkner
y Proust, respecto a novelas de frases y extensiones desbordadas. Si lo confrontamos
con el minimalismo literario de Carver, por ejemplo, ¿no será que los
escritores contemporáneos han abandonado a Joyce, Proust, Flaubert, Cervantes o
los clásicos? De repente hemos entrado en un tiempo en el que se tiene la idea
de que el estilo se contamina con ciertas lecturas.
Creo que se vincula más con el hecho de que leer a esos autores que has mencionado, incluso el mismo Vargas Llosa o García Márquez, implica esfuerzo. No es fácil leer a Proust, sus frases son complejas, largas y subordinadas, con una extensión de casi una página, con muchos incisos, puntos y comas, y demás. El lector perezoso de hoy en día no puede apreciar ese tipo de frase larga ni ese tipo de escritura básicamente por pereza. Un lector perezoso solo puede engendrar a un escritor perezoso. Entonces pienso que va más allá de los gustos personales. También se relaciona con la disposición del escritor a trabajar sobre su propio estilo al momento de construir sus historias. Cuánto más fácil es lo que estoy dispuesto a hacer, eso lógicamente contaminará, en mi modesta opinión, la calidad de lo que hago.
Lanzaste dos dardos: lector perezoso, escritor perezoso. Alguno
podría decirte que es un sello, un estilo minimalista que engendra una prosa desprovista
del preciosismo barroco y de los matices decimonónicos. Sin querer fungir de
abogado del diablo ¿qué pasa con los que predican que la escritura
contemporánea es rápida, como rápido es el tiempo y el transcurrir de los días?
Yo podría estar de acuerdo con ese punto de vista siempre
que ese estilo, supuestamente barroco y demasiado ornamentado, consista en una serie
de florituras y adornos que no contribuyen a proyectar la historia. Mas si el
lenguaje participa de lo contado y tiene un rol fundamental dentro de lo que se
está narrando, entonces cada palabra, adjetivo y construcción tiene un lugar
específico dentro de la historia. Un narrador en primera persona, que utiliza
ese tipo de frases largas, subordinadas, cadenciosas y musicales, se está
haciendo uno con la historia. El lenguaje en sí mismo es un personaje, por
tanto, cumple un rol. No se trata de un afán de lucimiento por parte del
escritor, evidentemente cada autor cultiva su estilo y proyecta una historia
con un determinado lenguaje. Ahora, es muy sospechoso que la mayoría de escritores
diga que su estilo es minimalista. Es un fenómeno que ya conocemos: cada vez se
lee menos y peor.
Noto cierto desánimo en tus palabras.
Lo que pasa es que no veo que haya mucho espacio para la diversidad
en la literatura. Yo creo que hay una corriente que desprecia la adjetivación y
no me parece que esa sea la salida. Todas las vertientes y estilos deberían tener
cabida dentro de lo que ahora se considera la gran literatura, incluso en el
ámbito de la literatura comercial. Ni qué decir de las editoriales y agencias
literarias. De repente el problema es de los escritores que no tienen el coraje
suficiente como para poder publicar o atreverse a publicar algo que se salga de
la norma. Un escritor que no ha publicado previamente y quiere presentarse a una
agencia literaria o a una casa editorial, con un estilo diferente a la tendencia,
tendría cero opciones de ser tomado, salvo que diga que tiene cincuenta mil
suscriptores en alguna red social.
En medio de todo este desánimo, te animaste a hacer algo
como Parusía (Buen puerto, 2025) y lo destaco por el tema del lenguaje, la historia, pero
sobre todo por su estructura, que es bastante compleja. Si lo traemos a
colación con el tema del lector ocioso, corriste un gran riesgo.
Yo solo pienso en el lector en segunda instancia, lo que
para mí manda y orienta el lenguaje, el estilo y la estructura es la historia misma,
es decir, hacia dónde quiero llevarla, por dónde van a ir los personajes, el
lenguaje que emplearán, el tipo de reflexiones que puedo poner en sus bocas o
en sus mentes. Todo eso forma parte del resultado final y es lo que se vio en Parusía.
Eso para mí es lo más honesto. Si yo quisiera contar esa misma historia con un
lenguaje limitado o con una estructura mucho más acotada, habría sido imposible
y el resultado se habría dejado notar. La historia habría quedado coja, los
personajes no habrían tenido mayores matices ni mayores aristas. Creo que mi
forma de escribir y las estructuras que deliberadamente incorporé tienen que
ver con el objetivo final y la orientación que le estaba dando a cada una de las
líneas narrativas. Haberlo hecho de otra manera me habría parecido deshonesto, independientemente
de que el lector pudiera asimilarlo mejor o no.
Parusía, tiene un contrapunto, dos historias que
corren en paralelo. Encontramos además diversas técnicas e influencias. Tengo
mi propia lectura al respecto, pero me gustaría que me digas cuáles son
justamente esos guiños que encontramos en tu novela.
No sé si se nota de una manera muy directa, pero creo que es
evidente la influencia de los novelistas más emblemáticos del boom latinoamericano.
No digo que yo me esté comparando con ellos, pero influencia vargasllosiana, evidentemente.
Creo que Vargas Llosa ha sido el gran arquitecto de la novelística latinoamericana,
en eso hay un relativo consenso. En cuanto a mi estilo de escritura, no tiene quizás
demasiado que ver con Vargas Llosa, probablemente más con García Márquez, con Cortázar
o probablemente más con Faulkner y Proust, aún cuando mi sintaxis no sea tan
laberíntica como la sintaxis proustiana. No soy mucho de juzgar a un escritor,
a pesar de que ahorita de repente estoy entrando en contradicción. No soy muy
amigo de poner rótulos sobre la frente los escritores, pues considero que un escritor
es un escritor a secas, así como un buen cuentista es potencialmente también un
buen novelista.
Cuando hablamos de Parusía, pareciera que hay una
especie de obsesión con la autodestrucción, la divinidad y lo terrenal. Pero
más que nada vamos hacia una especie de introspección de los propios personajes,
que de alguna manera se tocan, pero en un plano más metafísico que real. Parusía
funciona como un pequeño cosmos del mundo mismo.
Como tú bien has dicho, los protagonistas no se tocan de una
manera física en la novela, no llegan a conocerse nunca. Hay puntos de contacto,
evidentemente. Ahora, considero que cada uno de esos personajes —yo creo que te
refieres a Miki y a Gonzalo—están ahí por un propósito, son complementos de la
misma historia. Aun cuando corran por líneas narrativas paralelas, son
indispensables el uno del otro para completar la idea que subyace a todo el
texto tomado en su conjunto. Y no nos olvidemos también del Perú, que a partir
del último tercio de la novela empieza a tener cierto protagonismo, sobre todo
por sucesos en el ámbito político y social. Todo redunda en la misma idea, aun
cuando puedan parecer historias disgregadas.
En ese sentido tienes a Miki y a Gonzalo, descarriándose a
lo largo de la novela. Por otro lado, está el Perú, entonces, de alguna manera podríamos
decir que ambos son resultado de la patria herida y de la parusía, este concepto
que atraviesa la novela y que le da título. De hecho, es lo que toda persona de
cualquier país espera: el regreso del salvador.
Parusía se refiere, como tú sabes, a la venida de Cristo al
final de los tiempos. Ya desde el inicio, el título marca un antes y un después.
La novela se construye a partir de oposiciones y contradicciones, hablando de
Miki y Gonzalo, porque uno es el reverso del otro. La esperanza convive con la desesperanza
y el desaliento. Si alguna interpretación me permito, es que en realidad esta novela
entraña una visión esperanzada del futuro, a pesar de que obviamente relata los
hechos en una sociedad tan problemática como la nuestra, y en el contexto muy
específico de personajes tan complicados y contradictorios. Eso es lo que yo
podría rescatar como propósito final de la novela. Desde luego, no se trata de contar
una historia simplemente por contarla.
Y luego está el lado B, en el que aparece Donde viven
los payasos (Buen Puerto, 2025) tu primera colección de cuentos. En estos relatos encontramos
mucho el tema nostálgico, familiar, el recuerdo, incluso historias que tienen
que ver con animales, como «Black» y «Tortugas». Lo interesante sería saber
hasta que punto llega la ficción en estos cuentos.
Creo que me ocurre lo que a varios escritores: mucho de lo que
he escrito nació de experiencias reales e importantes —por lo menos
interesantes—, que luego, ya con otra perspectiva, tomé estas historias y traté
de llevarlas a una novela o en este caso a un cuento o a varios, como es el
caso de Donde viven los payasos. Muchas de esas historias nacieron de
experiencias de índole familiar y otras de meras especulaciones metafísicos.
Hay un cuento dentro del libro titulado «De mi puño y letra», que está escrito
desde la perspectiva de un bebé recién nacido. ¿Quién tiene conciencia de lo
que pasaba por la mente a los pocos meses de nacido? Nadie. Entonces hay una suerte
de metafísica del pensamiento en ese cuento y en otros tantos, pero en
distintos niveles.
Cosa interesante, pues amplía aún más las bases sobres
las que has levantado tu universo literario. Obviamente no todo parte de la
realidad.
Por ejemplo, en el cuento «En domingo las campanas» no se refieren
cosas que me hayan pasado a mí, evidentemente, pero tomé imágenes de mi pasado
romántico y las proyecté en clave totalmente literaria dentro de ese texto. Ese
es el origen de todas las historias. Probablemente dos son los cuentos de mayor
raigambre. Uno es «Paulito», en el que se describen las experiencias de mi
familia con la que fue una de nuestras primeras mascotas, un perrito que adoptamos
en el barrio donde vivíamos, en Surco. El otro es más largo y el que da título
al libro, el cual se vincula más con las experiencias de bullying que viví durante
mi etapa escolar. Es bastante distorsionado ese relato, tuve que crear
personajes a partir de retazos de gente de carne y hueso, pero creo que es lo
que ha ocurrido a muchos escritores.
El bullying está presente en este libro de cuentos. Ahora,
cuando uno lee el título ¿Dónde vienen los payasos?, nos remite directamente
a ese tema, pero de manera distinta. Tiene mucho que ver, de hecho, con un examen
que rinden los alumnos en el cuento,
Le puse el título «Donde viven los payasos» al cuento,
porque esa pregunta del examen de inglés que mencionas resulta ser fundamental
para la reputación del personaje más adelante, precisamente por no saber la
respuesta. En los años por venir, carga con la reputación de esa prueba. Confieso
que resolví ese examen y creo que en esa pregunta fallé miserablemente, pero tuve
la suerte de que no se me señalara como el burro de la clase (risas). Por eso,
la pregunta es fundamental. Ahora ¿por qué no respondió bien? Por eso sería
interesante que los lectores tengan la curiosidad suficiente para averiguarlo,
a partir de esta entrevista, comprar el libro y leerlo.
En ese sentido, es difícil componer personajes como los
que pueblan las historias de Donde viven los payasos. Pienso que incluso
puedes haber sido tentado a retratarlos tal cual eran.
Eso hubiese pasado si tuviese una propensión al realismo
puro, pero creo que lo único que quería era decir algo. En este cuento, mi
ánimo no fue revanchista de ninguna manera, pues pienso que quien lee el relato
se dará cuenta de que habita la contradicción, incluso en aquellos personajes
que a primera vista parecen héroes. Es
decir, la violencia está en nosotros y la manifestamos de distintas maneras. Todos
somos víctimas y al mismo tiempo también victimarios. Hay una especie de correspondencia,
de ambigüedad y de dicotomía de roles en ello. Todo tiene que ver con el lugar
que ocupamos y que queremos ocupar en este mundo, porque es evidente que muchos
de nuestros errores e imprecisiones, así como muchas de nuestras caídas tienen
que ver con decisiones propias.
Lo que se agradece es que, si bien los cuentos tocan temas
como el bullying, especialmente el relato que da título al libro, los textos no
son panfletarios, sino que de alguna manera trabajan esas ideas como una especie
de armazón invisible que no sobrepasa a la historia. Incluso encontramos algo
de humor.
Sí, además, revelar alguna posición ideológica de una manera
descarada, como seguramente lo hacen muchos escritores, me convertiría en un
escritor de trinchera y no quiero pertenecer a ese gremio. A mí me gusta que
mis historias contengan una cierta ambigüedad. Si voy a plantear una historia
con una trama, contenido y mensaje que no se preste a múltiples
interpretaciones y lecturas, entonces no estoy haciendo mi trabajo. Yo sé que probablemente
haya una necesidad por parte de cualquier artista de expresar su opinión política
o su expresión sobre algún tema social y definir un derrotero. Yo creo que
desde un punto de vista meramente artístico es lo peor que se puede hacer.
Entonces, eres de los del bando de Cortázar. Es decir, tu
único compromiso es con tu obra. ¿Eso es lo que piensa Horacio Hidalgo?
No por egoísmo ni por una especie de solipsismo, sino porque
yo creo de verdad que el arte, cuando es honesto, termina diciendo muchas más
verdades que cualquier panfleto político. Eso es fundamental entenderlo, porque
como artistas somos presas de nuestros sesgos y de una determinada orientación,
y tratamos de mostrarla de manera evidente en aquello que hacemos. Ahí estaríamos
fallándonos a nosotros mismos, en tanto escritores.
.jpeg)
.jpeg)


Comentarios
Publicar un comentario