Juan Carlos Vela: «La poesía es un espacio donde convergen múltiples miradas, perspectivas y profesiones»

Las calles de Barranco, amables, guardan nuestros pasos. Caminamos, reímos y reflexionamos, siguiendo una cartografía que nos llevará a charlar sobre poesía, sociología, historia y el hombre como centro de un gran y eterno problema. Esta es la ruta del poeta Juan Carlos Vela.

Por Marco Fernández

¿En dónde encontramos el origen de tu poesía? 

Yo creo que más que en los libros, en la injusticia. Desde pequeño me llamó mucho la atención el absurdo humano y la incoherencia. Gente muy católica, por ejemplo, una abuela, y a la vez muy racista. Desde niño, supe reconocer esa sensibilidad con lo marginal y la reflexión de deconstrucción de la justicia o una deconstrucción del absurdo. La poesía tiene que ver muchas veces con visibilizar el absurdo. Por ahí viene una cuestión más afectada, reflexiva y sensitiva. A nivel de lectura, he tenido una formación narrativa, por algo he leído a Vallejo. Recién en estos últimos tiempos es que empecé a leer de modo consistente.

Blanca Varela. ¿Qué tan gravitante ha sido en tu vida?

Importantísima, porque te enseña a darte cuenta de que lo cosificado puede ser objeto de poesía y no solamente lo orgánico. Puede hablarte de una reja o de una sombra con una simpleza y delicadeza extraordinaria. Recuerdo que tiene un poema en el que habla del erotismo y la felación, pero en ningún momento menciona el acto. Si no fuese por el manejo del lenguaje, uno no se daría cuenta. Blanca Varela tiene sumo cuidado con el lenguaje, lo respeta y a partir de ello habla de educación sin hablar de educación, habla de ecología sin hablar de ecología, habla de las mujeres sin hablar de ellas, habla de derechos sin hablar de derechos. Esa sutileza es el elemento principal de Varela.

Entonces, tu vocación poética y literaria surge precisamente de ese rechazo a la injusticia y también es una forma de atrincherarte contra ciertas cosas.

Exacto. Es que no puede ser que el absurdo gobierne. También está el atentado contra la libertad. Por ejemplo, hace unos días conversaba con alguien que dijo algo así como «ay, que feo eso», yo le respondí «mira hacia otro lado» (risas). Es que cuando hablamos terminamos siendo hegemónicos. Si decimos que algo es feo ¿significa que lo tuyo necesariamente es bonito? En tal caso, tendrías que evaluar cómo perciben lo que muestras y analizar las miradas sobre ello

Eres comunicador, sociólogo y ahora poeta. Es interesante porque me lleva a preguntarte como llega justamente un sociólogo a la poesía. ¿Dejaste el manto de la sociología en el perchero para componer tus poemas o fue un elemento complementario?

Ambas cosas se complementan. Todos llegan a la poesía a partir del amor, de la política o de pertenecer a una minoría. La sociología te ayuda a ver las causas, las razones, las estructuras, pero no solamente desde esa perspectiva. También diría que viene de mi conocimiento e inquietud por la historia del Perú, particularmente me gusta mucho el Perú prehispánico, así como también la antropología en el último tiempo. Es una mezcla en la que confluyen tanto la mirada sociológica como la antropológica, que da como resultado un cauce que arrastra lo multi y lo diverso. Pienso que la poesía es un espacio donde convergen múltiples miradas, perspectivas y profesiones.


Has dicho algo curioso: te gusta mucho el Perú prehispánico, es decir, el Perú de las culturas, emergente en todo sentido. Pero ¿no será que te gusta también porque, así como lo dice el libro, hay una especie de tensión entre la libertad y el sometimiento? De algún modo el Perú era libre de toda influencia en aquel momento.

Eso último entre comillas. Recuerda que el incanato fue una imposición y una conquista territorial. Sea por cualquier motivo. Por ejemplo, por negociación comercial, con los chinchas y las culturas de la costa sur. Según estudios, ese acuerdo era de respeto y reciprocidad, por lo que pasaron a ser parte de la aristocracia inca. No pasó lo mismo con la gente del norte, como los chimúes o los chancas, que son comunidades étnicas que vieron en los españoles una suerte de aliados para deshacerse del dominio inca. Visto así, el incanato fue un dominio, como dice Rostorowski, con la diferencia de que no se habla de un imperio, porque ello supone la riqueza concentrada en el centro y la periferia pobre. Lo que hubo en el incanato fue redistribución, política que no encaja en el centro y la periferia, sin embargo, no anula la dominación. Con el tiempo uno construye las estructuras de Foucault, las cuales marcan, dominan someten y terminan por convertirnos en entes vivos de esas estructuras, en el sentido de que se empieza a fiscalizar al otro.

En Pies cartógrafos ¿cómo se muestra esa tensión entre libertad y sometimiento?

De muchas maneras. Podríamos hablar, por ejemplo, del poema «Piel humana», el cual habla del reverso del acallamiento. En América Latina estamos entrando en una época de silenciamiento muy fuerte, por ejemplo, en el caso de Perú, con un marco legislativo que penaliza y criminaliza la expresión social. Y, es más, si te vas a la cárcel tu vida pasa por el código militar. Entonces el reverso del silenciamiento es el malestar que existe, la asfixia que ahoga. «El universo del silencio es la constelación monocorde, pero con coros disonantes». Si uno busca disciplina, probablemente se tope con la indisciplina de la libertad. «Rostros y miradas escudriñados por otros rostros y miradas», quiere decir que es imposible no ser mirado, supervisado, chequeado, postergado o marginado. «Vestidura de la piel humana, la libertad. Un telar reflexivo, si es que lo asumes como tal. Ansiado, alcanzado, perdido», es una provocación al pensamiento afectivo, porque si accedes a sentarte, conversar y leer esto, es imposible que no sientas el pensamiento afectivo.

Hablar de pies cartógrafos también hace referencia explícita a los pies, que de alguna manera se vincula con el camino y la senda que se abre al andar.

Hablamos de los pies como ese elemento movible, angular, minucioso, detallista, arrugado, cansado, calloso y que no se cansa nunca. De hecho, es el primer contacto de toda acción, de todo desplazamiento físico y subjetivo. Los pies son el primer conector con la realidad, con la tierra y la frustración (a modo de accidente). En ese caso, me interesaba la figura del pie para hacer un recorrido por la historia de la humanidad, pero desde la perspectiva del Perú y América Latina. Desde esos pies que fueron, de alguna manera, coartados en su caminar y en su búsqueda, en el cual aparecen temas como la imposición, la dominación y el colonialismo, pesos que se sobreponen al cuerpo y las cargas que terminan convirtiéndose en discriminación, que a su vez pasa a ser autoexclusión o autodiscriminación, algo muy presente en el contexto peruano.

Los pies entonces se desprenden del concepto del cuerpo para convertirse en entes autónomos que determinan un camino que el hombre, casi sin saberlo, ha seguido de manera automática.

Son pies que exploran, que marcan una cartografía cierta e incierta. Lo primero porque eres consciente de las barreras que tienes que romper, e incierta porque muchas de las acciones están cargadas por la autocensura y la autodiscriminación. Y por eso es importante establecer ese antes y después que se vincula con el eurocentrismo en América Latina, el cual impide entendernos a nosotros mismos desde la diversidad. Ese es un gran problema, porque no se puede construir un país sin reconocer sus raíces y sus bases históricas. Por eso existe una famosa frase de Cecilia Méndez, historiadora y ensayista peruana, que resume toda esta paradoja: «Incas sí, indios no». Las personas se enorgullecen del inca, pero mencionan al indio y saltan. ¿Que son los incas? ¿No son indígenas, acaso? Este es el absurdo en el que reposa la atmósfera cultural idiosincrática peruana.

Al hablar de la cartografía, hacemos referencia a los mapas o al hecho de que hay una especie de camino que, valga la redundancia, siguen estos pies. ¿Cómo es que se inserta el concepto de la cartografía en tu obra?

Se inserta a partir del poema «Relicaria espiral», en el cual digo: «(…) de pies cartógrafos en expansión, confundiéndose en el curso sólido del río». Aquí hablo de la huaca Montegrande, que data de cuatro mil años antes de Cristo, es decir, hago referencia a una civilización. Como sabemos, toda civilización tiene una organización estatal, organismos y clases sociales. No es el paraíso, pero es una organización cultural del cual se tiene conciencia en determinado momento. Uno no puede calificar, evaluar y comparar periodos de desarrollo y de contextos distintos. La conquista de América redujo a toda una civilización a barbarie, cosa que es absurdo y una injusticia tremenda. Es de gente muy absurda reducir a un continente histórico, rico y lleno de civilizaciones a dicho estado. De ahí parte «Relicaria espiral»: reconocer la construcción histórica y autónoma de la cultura en América Latina.

El sometimiento del continente americano destruyó el concepto de civilización, que entendemos viene desde una época ancestral en el que ya se tenía conocimiento de estas concepciones sociales.

Por ejemplo, Europa es Europa, pero a partir de la sumatoria de muchas civilizaciones, que redundan en la apropiación cultural (por no decir «robo») de muchos inventos. En cambio, aquí es una construcción cultural originaria. El hombre no es de América, ciertamente, sino que vino cruzando el estrecho de Bering u otros caminos, según denomine cada teoría. Pero en lo que sí estamos de acuerdo es que el hombre llegó en estado completamente nómade. Esos pies originarios están ahí para rescatar esas sucesiones culturales que hemos tenido y por eso el último párrafo de «Relicaria espiral» dice: «Sucesiones sedimentadas en tus capas de registros dispersos en el tiempo».

El poemario está atravesado por una especie de dolor, de angustia, pero curiosamente es un dolor que no se manifiesta en el llanto, sino que parece haber una especie de goce dentro de todo ello. 

Es probable y no está mal que lo haya, porque finalmente tú estarías descubriendo o deconstruyendo al autor, que ha sido formado en el cristianismo, pese a que soy ateo. Ahora, yo podría estar arrastrando ese dolor que está mucho en la cultura sadomasoquista de la moralidad del cristianismo. Pero, es una lectura probable, aceptable e interesante para pensar. También está vista desde la perspectiva de las latencias y el manifiesto. Late la naturaleza, late la comunidad indígena, laten las minorías sexuales, late el mar, late lo discriminado. En una latencia hay mucho dolor que no puede manifestarte, sino que busca los cauces para hacerlo. En ese dolor podría haber un goce, pero desde el punto de vista de la supervivencia, que es distinto al goce del verdugo. El goce es una forma de subsistir y barnizar una vida bastante dura.

Me parece que Pies cartógrafos enmascara el dolor y el sufrimiento.  

Yo diría que lo manifiesta a través de la poesía, pero buscando un cauce afectivo sin caer en la polaridad. Son unos pies que tienen claro que necesitamos construir un puente: el del afecto. Ahora, también podríamos pensar que son unos pies en construcción. Si volvemos al poema «Relicaria espiral», dice así: «Relicaria espiral del tiempo del ayer, capas de manos de barro y de piedra, radiaciones ondulantes en el horizonte de pies cartógrafos en expansión». Creo que hemos renunciado a esa expansión desde una visión y construcción de un país que olvidó que la grandeza no pasa por el centro y la periferia, sino por la redistribución, si es que aceptamos esta idea de incas-indios. Hay que reconocer que en los incas está la redistribución como política de sostenimiento de un orden, de un país, de un territorio.

Hay un poema del libro en el cual se genera una síntesis de todo lo que has hablado respecto a los pies cartógrafos, el dolor, el sufrimiento, la redistribución. Me refiero al poema dedicado a Alicia Maguiña. ¿Qué representa ella en tu lírica?

Un elemento de mi cartografía. Quizá el mapa sobre el que yo empiezo a escribir, porque este es un homenaje a ella cuando escribió «Indio», donde dice así: «La luz se hizo sombra y nació el indio. La puna se hizo hombre y nació el indio. Prisionero en tu suelo, indio cautivo. Sin luz en la mirada, indio sombrío. Ayer montaña, hoy solo escombro. Hierve mi entraña cuando lo nombro. Serás otra vez montaña y habrá fulgor en tus ojos». Acá entra el proyecto político de Alicia, porque denuncia cómo se ensombreció todo y no renuncia a la unidad, ni a la redistribución, ni al reconocimiento. Cuando dice «Serás otra vez montaña y habrá fulgor en tus ojos. Tu risa oiré. Y, feliz serás. Y, feliz seré», representa la cartografía sobre la que yo escribo. En la última frase de «Existencia primigenia» yo digo «Y tu sonrisa y la mía han sonreído», refiriéndome a la comunidad originaria. Cuando leí el poema impreso, sentí algo maravilloso, esa conexión con el mapa original, es decir, sonreía con Alicia Maguiña. Por ese sentimiento tan personal, pienso que valió la pena hacer este recorrido.

En ese sentido, tu poesía y en general todo lo que nace de tu pluma está también destinado a resarcir y defender a las minorías.

Claro, porque están muy presentes en el texto. Hablamos de comunidades originarias y de minorías sexuales. Si nos remitimos al poema «Transición poética», ahí están los cuerpos trans buscando su propio lenguaje. La poesía florece, subsiste, transgrede. Hablamos de transgresión, cuando finalmente eso siempre existió. ¿Qué es lo que vemos ahora? La transgresión, pero no ha sido posible tanto por condicionamientos sociales como por condicionamientos médicos. Hoy existe una biotecnología en medicina que hace posible este acondicionamiento de los cuerpos.

Juan Carlos, ¿seguirás atrincherado y luchando desde la poesía?

Sí, además estoy comprometido. El otro día estuve una entrevista con Ensayo General de la ANP y una de las periodistas, María Inés Aragonés, dijo haber encontrado en Pies cartógrafos algo muy interesante: lo erótico. A ella le costaba entender que el erotismo y el placer no fuese resaltado en la contraportada, pero sí está, ciertamente. La libertad también es una defensa del erotismo en todo el sentido de la palabra. Actualmente he retomado un primer poemario que compuse en torno al amor. Quiero seguir escribiendo y voy a comprometerme otra vez con el amor, pero no el romantizado, ese amor de las películas de Disney con final feliz. El amor no es eso, es algo más complejo, lleno de fricciones, lo vemos en los divorcios, por ejemplo, no es que no haya existido amor, pero es una faceta de ese proceso.  El amor hay que sentirlo y deconstruirlo. Esa deconstrucción pasa por entender otro constructo: la monogamia, constructo social, pues nuestra naturaleza es la poligamia. Hablar de pies cartógrafos, en cierta forma, es referenciar a una poligamia. Todo es un ejercicio de voluntad, sacrificio y decisión.

 

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